Las máscaras de porcelana cap 1 por Rubén Falgueras Pradas

Diseño de cubierta: Carlos Venegas
Diseño de cubierta: Carlos Venegas

Capítulo 1

26 DE ENERO DE 2020

Hacía frío, aunque estaba bastante abrigada y en el interior de un autobús, lo cual no evitó que me frotara las manos y las calentara con mi aliento mientras maldecía. Cogí mi bolso, lo puse como almohada y recliné mi asiento. Por suerte no había nadie detrás que pudiera quejarse, a pesar de que el vehículo estaba lleno de extranjeros como yo. Casi todos dormían, miré la hora, las seis de la tarde, en Nueva York serían casi las diez. Mi madre ya estaría durmiendo en casa de mi hermano; hasta hace poco, durante mis tres semanas de vacaciones, lo hizo en la mía. Siempre intentaba arreglar nuestras diferencias, aunque sabía de sobra que no lo conseguiría. Que Anastasia Broks, el nombre de soltera de mi madre, reconociera sus errores, era tan remoto y ridículo como decir que en el Ku Klux Klan adoraban a los negros.
Observaba paisajes desconocidos mientras me aproximaba a mi destino. El conductor comunicó con el micrófono que habíamos llegado y nos agradecía que hubiésemos elegido sus servicios. Me levanté, cogí el bolso y me enfundé el abrigo de piel. Tras hacer cola unos segundos pisé tierra, recogí la maleta y caminé hacia el interior de la estación.
Al fondo reconocí una figura familiar, a cada paso dado la imagen iba cobrando forma. Era un hombre negro de edad madura, de unos 45 a 50 años, canoso pelo corto rizado —muy habitual en su raza— y bastante corpulento. Ojos azules, algo poco común, y barba bastante poblada.
—Bienvenida a España—dijo Bob Myers con perfecto español.
Cuando estaba lo suficientemente cerca le aticé una colleja.
—¡¿Pero qué te pasa?!— reprochó mientras se acariciaba la zona golpeada.
—¡Debería darte más fuerte!, por interrumpir mis vacaciones y no ir a recogerme al aeropuerto de Barajas, se suponía que tenías que ir. Y también por hacerme gastar todo el dinero que me quedaba para pagar el billete de autobús hacia la estación a Barcelona.
—Cálmate— apaciguó Bob mientras se protegía—. Entiendo que estés enfadada, pero cuando supe que querían que estuvieras aquí, en vez de en Madrid, te llamé y tenías el móvil desconectado.
Respiré hondo, levanté la mirada y sentí como el sol empezaba a «calentar la ciudad». Me llamo Andrea Harris, tengo 26 años y mi aspecto lo dejo a vuestra imaginación, solo diré que tengo el pelo rojo, los ojos marrones como el café, la piel blanca y el tatuaje de una mariposa en mi espalda.
¿Cuál es la razón por la que estoy en España?, hace unos años la Organización de las Naciones Unidas (ONU) junto con la Organización Internacional de Policía Criminal (INTERPOL) acordaron crear una nueva legislación, por la cual en vez de trasladar a oficiales a otras ciudades de su país los envían al extranjero durante, aproximadamente, cuatro años. Con ello, se busca que la convivencia de las fuerzas del orden entre países sea más estable. A decir verdad la cosa funcionaba, muchos casos de narcotráfico o contrabando se habían resuelto con mayor facilidad, uniendo y poniendo en práctica todos los conocimientos de cada país.
Por dicha ordenanza me ha tocado trasladarme a España, al igual que a Bob, mi compañero en Nueva York, aunque él lo hizo hace dos años, coincidiendo con la repentina muerte de su mujer.
—Espero que, al menos, me hayáis encontrado algún sitio para vivir mientras dure mi estancia.
—Por supuesto. ¿Nos vamos?
Bob asió mi maleta y me condujo hasta su coche, un BMW plateado bastante abollado y arañado, incluso para abrir el maletero del coche tuvo que darle un buen golpe. Subí al asiento del copiloto, el olor de los puros que fumaba empezó a invadir mis fosas nasales hasta tener que abrir la ventanilla para que se ventilara. Entró en el interior del vehículo y giró la llave de contacto, todo comenzó a vibrar y empezamos a movernos. Salimos del aparcamiento de la estación de autobuses y, al cabo de unos segundos, estábamos circulando por las calles de la Ciudad Condal.
Bob puso música de jazz en la radio haciendo que el viaje no fuera tan aburrido, pues la música acompañaba nuestras conversaciones. Me contó como fue el día que llegó a España y su convivencia hasta hoy, y como le había empezado a cautivar su cultura. Durante estos dos años había trabajado en cuatro comisarías de cuatro comunidades autónomas distintas: Madrid, Comunidad Valenciana, Andalucía y ahora Cataluña. Y yo le relaté mis últimos casos en este tiempo que no había estado a su lado.
Un frenazo detuvo la conversación con brusquedad, unos metros más adelante una muchedumbre se manifestaba enarbolando banderas amarillas con rayas rojas. Todos gritaban algo en un idioma que desconocía, lo que estaba claro era que no hablaban español: «Independencia, llibertat. Catalunya no es de Espanya» (Independencia, libertad. Cataluña no es de España).
—¡Maldita sea!—renegó Bob—. Apenas hemos llegado a la Gran Vía y ya hay una manifestación.
—¿Por qué la hacen?
—No lo sé. La verdad es que nunca le doy demasiada importancia.
Escogió otra ruta y volvimos a circular con normalidad. Los minutos pasaban, por fin la velocidad fue disminuyendo hasta que aparcó cerca de un enorme edificio, salí del auto y lo observé detenidamente. Estaba a unos metros de un gran estadio de fútbol y de unas fuentes de hermoso diseño. Un vago recuerdo del lugar me vino a la mente.
—Es el Estadio de Montjuïc— dijo Bob—. Aquí fue donde se celebraron los Juegos Olímpicos de Barcelona.
A veces creo que lee mis pensamientos. Entonces caí en la cuenta de por qué me sonaba, recordé a mi padre mostrándome diapositivas de cuando era escolta del Dream Team de Magic Johnson y Michael Jordan. Dejé a un lado la memoria para alcanzar a mi compañero que ya se dirigía a la entrada. En el interior, suelo de mármol gris y paredes color azul intenso. Al fondo de la sala había teleoperadores atendiendo llamadas, y por el pasillo entraban y salían agentes arrastrando a supuestos criminales hacia el calabozo.
—¡Qué recuerdos! —dije, mientras le acompañaba hacia uno de los dos ascensores ubicados a la izquierda de la recepción.
—Lo sé.
Esperamos a que abrieran las compuertas, dejamos salir a los que se encontraban en el interior y pasamos después. Bob pulsó el botón correspondiente a la planta catorce.
—¿A dónde me llevas?
—A ver al jefe, ha insistido en que vinieras a Barcelona en lugar de a Madrid y, aunque le pregunté el motivo, solo contestó: «a su debido tiempo».
Un pitido avisó que habíamos llegado. Cuando las compuertas se abrieron nos mostraron una sala con dos portones, delante de los cuales había un escritorio y un joven sentado trabajando con un ordenador. Lo único que se escuchaba era el sonido de las teclas al ser presionadas, un golpeteo que solo se detuvo cuando nos vio acercarnos.
—Soy el agente Bob Myers— se presentó mostrando su placa—. Estoy citado con la Comisaria Jefe Gallego García.
«¡Anda!, así que el jefe es una mujer» pensé.
El funcionario se levantó de la mesa, su aspecto daba miedo, llevaba el pelo peinado hacia atrás con gomina y gafas de fondo de botella que me recordaron a las de Steve Urkel, pero de color blanco. Se encaminó hacia las dos grandes puertas abriendo lo justo para poder introducir solo la cabeza. Segundos después se acercó de nuevo para volver a sentarse.
—Pueden pasar, la Comisaria les está esperando—. Su voz, profunda y grave, parecía la de un robot.
Bob entró enseguida y tuve que dar dos pasos enormes para ponerme a su altura. Aquel despacho era el más grande que había visto, ni siquiera el de mis superiores en Nueva York era tan grande. Tenía estanterías de madera de roble y un escritorio color caoba. Tras él, sentada, una mujer imponente. Alta, pelo largo y rubio, ondeante cuando caminaba. Su cuerpo se asemejaba a un reloj de arena; vestía traje de diseño color crema que realzaba su figura, sus ojos eran de un color azul muy intenso, y su sonrisa mostraba una actitud agradable.
—Comisaria Amanda Gallego le presento a…
—La inspectora Andrea Harris— dije en español, adelantándome a Bob al tiempo que alzaba la mano para que me la estrechara.
—Ah, es la nueva recluta— contestó con un inglés notable mirándome de arriba abajo—. Antes que nada, quisiera disculparme por haberla hecho venir a Barcelona.
—No pasa nada. Además, por lo poco que he visto es una ciudad muy bonita.
—Muy bella, cierto.
Acto seguido, acercó una silla para que tomara asiento y volvió a su sillón
—Bob por favor, déjanos a solas.
Mi amigo marchó sin queja alguna y yo me quedé, de pie, esperando a que dijera algo.
—Siéntese— ordenó mientras miraba el interior de una carpeta.
Hice lo que dijo y esperé a que pronunciara algo más. Seguía leyendo con mucha atención. Deduje que era mi expediente. Pasaron largos minutos, tanto que parecieron horas, hasta que por fin cerró el dossier y lo dejó encima de la mesa. Permaneció observándome.
—Tienes un expediente ejemplar. Con 18 años ya eras agente en el Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York (NYPD) y, ahora, con 26 has sido ascendida a inspectora, con más de 110 arrestos en tu haber. A decir verdad, es todo un logro.
No pude evitar sentirme orgullosa de mi misma.
—Pero esa no es la razón por la que solicité tu traslado.
—¿No?—pregunté desconcentrada—. Entonces, ¿por qué lo hizo?
—La verdad, hace poco tiempo que estoy al mando de esta comisaría de la Policía Nacional y, aunque el nivel de nuestros agentes ha mejorado hasta ser considerados de los mejores del mundo, si nos comparamos con Estados Unidos, aún estamos a años luz de alcanzaros. Incluso nos han llegado a considerar patéticos e incompetentes.
La verdad es que razón no le faltaba, en Nueva York siempre había algún compañero que, para divertirse, decía cosas negativas de la policía española, aunque creo que en mi país hay un grave problema de ego patrio. Continué escuchando atentamente.
—La razón es porque quiero que ayudes a los demás a no bajar su nivel actual y así continúen mejorando.
—¿Me ha contratado para que sea el ejemplo a seguir? —cuestioné sorprendida.
—Sí, de esta manera se motivarán, más si cabe los hombres.
—¡Ah!— exclamé—. ¿Es por una cuestión de machismo?
Leí en una ocasión que España era uno de los países con mayor índice de violencia machista, pero, a pesar de todas las medidas que tomaban para evitarlo —desde publicidad hasta números de asistencia a las víctimas—, parecía no servir de nada, seguían sucediendo más muertes y casi todas las mujeres que la sufrían no presentaban denuncia.
—Sí. Vivimos una época en que disfrutamos de muchos derechos, incluso podemos optar a la Presidencia del Gobierno si queremos, pero si aún no lo hemos sido es porque toda-vía hay gente en el poder que tiene la mente muy cerrada al cambio.
La revelación me llevó a mis primeros años en el cuerpo. Tuve un instructor en las pruebas físicas preparatorias que me insultaba y vejaba por el hecho de tener pechos.
Se levantó de la silla, me dio la mano y comenzó a hablar en español.
—Bienvenida a bordo Inspectora…
No terminó de pronunciar su discurso cuando sonó el teléfono.
—Comisaria Gallego García.
Tras unos segundos, empezó a hablar en otro idioma, el cual me transportó a la manifestación que cruzamos anteriormente. Poco después colgó.
—¿Te importaría trabajar ya?— preguntó mientras cogía un trozo de papel y un bolígrafo—. Tengo a muchos agentes ocupados, casi nadie disponible, pero si estás cansada por el viaje y quieres ir al hotel lo entenderé perfectamente.
—La verdad es que no estoy cansada y tengo ganas de empezar.
Soy así, aunque haya recorrido en avión miles de kilómetros o haya cruzado a remo el Atlántico, eso no me afecta, y menos a mis ganas de trabajar, esas pueden más que cualquier cansancio posible.
—Bien..
Cuando finalizó de escribir me dio la nota, se podía leer:
Nabar Balder Santos
Hotel Rey Juan Carlos I
Planta 14, habitación 234
—¿Quién es?—pregunté.
—Tu nuevo compañero. Quiero que Bob y tú vayáis a buscarle y os dirijáis a la Calle Pineda.
—¿Por algún motivo en especial?
— Un homicidio.

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