Los Guardianes del Legado cap 4 por Silvia Marinho

CAPITULO IV: JERUSALEM AÑO 27 DE NUESTRA ERA:

 

“Las personas que tienen buen carácter,

Son las más dignas de ser queridas.”

 Antístenes

 

El 29 de septiembre, del año 749 de la fundación de Roma, nacía en Belén; Jesús. Hijo de José, (bastante mayor en el momento de su nacimiento) y de María. Hermano de Santiago, José, Simón, Judas, y Salomé. Hoy día, a sus treinta y tres años se había convertido en un apuesto hombre. Pelo castaño largo hasta los hombros, con una cuidada barba, su nariz, lejos de ser tan aguileña como era habitual en entre la población judía, era algo más pequeña y recta y sus ojos de un maravilloso color avellana, brillaban con una inmensa luz transmitiendo una inmensa paz. Sus proporciones físicas eran extraordinarias, mucho más alto que la media; aproximadamente metro ochenta y cinco, y poseía unas formas muy bien torneadas.

El 15 de marzo, del año 743 nacía en Betania María, hermana de Lázaro y Marta. Tras la muerte de sus padres; Siro (sumo sacerdote de la sinagoga de Cafarnaúm y descendiente de Jairo), y Eucaria, se convirtió en la heredera del castillo de Magdála, pues era la primogénita. Magdála, era una pequeña localidad costera a orillas del mar de Galilea, estaba a unas cuatro millas romanas al norte de Tiberiades. Debido a la increíble belleza que poseía hoy día; lucía un largo cabello negro como el azabache que hacía juego con sus ojos, su piel tenía un tono dorado, que no hacía sino resaltar aún más si cabe, su blanquísima e inmaculada dentadura. Poseía también, un generoso busto y las curvas mejor torneadas que las mismísimas dunas del desierto. A pesar de los consejos de sus hermanos, se dejó llevar por sus inclinaciones mundanas y se entregó a un género de vida que hizo poca merced a su reputación.

Cuando ella tenía apenas veinte años, su vida dio un enorme giro tras cruzarse en el camino de Jesús el día que intentaban lapidarla, de eso hacía ya algún tiempo. Se convirtió en la más ferviente defensora y admiradora del maestro, siguiéndolo allá donde éste fuera. Poco a poco sus vidas se fueron uniendo más y finalmente al cabo de tres años, Jesús, pidió a Lázaro; el hermano de María, la bendición para esposarla. Ahora a sus veintiséis años era todo un ejemplo de bondad y virtud. Se había convertido en una devota esposa y era querida por todo el mundo.

Hallándose Jesús y María, su esposa, en casa de María, la madre, llamó Pedro quien dijo:

 

-¿Maestro podemos hablar?

 

-Claro Pedro dime, ¿Qué te preocupa?

 

-Todos pensamos que os estáis equivocando, su compañía no nos hace bien, deberías dejarla desempeñar la labor que mejor podría desempeñar una mujer. –decía Pedro con la mirada baja y jugueteando con un trapo que traía en las manos.

 

-No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo, porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir. Así que, dime Pedro, según vosotros, mis hermanos, mis discípulos, ¿Qué labor es esa? –Preguntó Jesús echándole el brazo sobre el hombro, tratando así de tranquilizarlo.

 

-¡Maestro es que ella no es como nosotros! Jamás podrá predicar la palabra de Dios, ningún hombre la escuchará. ¿Has olvidado como la conociste? ¿Has olvidado que intentaban lapidarla? -Decía Pedro, con ese carácter tan impetuoso bien conocido por todos.

 

-¿Cómo nosotros?… ¿A qué te refieres? ¿No camina, acaso erguida? ¿No tiene pulmones, ojos, manos, como tú y yo? ¿Carece acaso de corazón? Que no te cieguen los celos ni las iras, pues a ningún puerto han de llevarte. -decía el maestro – ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo?” ¿No mirando tú, la viga que está en el tuyo?– Proclamaba el maestro con pasión- ¡¡Hipócrita!! Saca primero la viga de tu propio ojo y entonces verás bien, para sacar la paja que está en el ojo de tu hermano. ¿Olvidar, dices? Ha demostrado sobradamente que es una mujer excepcional. ¿No estas, acaso, de acuerdo? ¿Aún crees, después de tanto tiempo, que tenían razón aquellos que la acusaban? No has aprendido a amarla como yo te he enseñado y eso me apena profundamente.- Jesús empujó suavemente a Pedro hacía una silla. Se sentaron ambos y María, la madre, fue presta a servir un poco de vino aguado, pan y queso. –Recuerdo que durante la ceremonia de nuestros esponsales fuiste tú quien más feliz estaba, ¿Recuerdas? ¿Recuerdas cómo me felicitabas una y otra vez por haberla escogido como esposa?

 

-Si maestro, lo ha demostrado. No quería ofenderos Señor, pero me refiero a que… como mujer y con esos antecedentes jamás será escuchada por los hombres. –Pedro hizo una pausa para tomar algo de vino y continuó- y no maestro, todos la amamos como te amamos a ti, pero no estamos tan ciegos como lo estás tú. Dices bien al decir que yo me alegré más que nadie, pero una cosa es que yo la vea como a un ángel y otra muy distinta que los hombres del templo le permitan proclamar tus enseñanzas.

 

-Yo te digo hoy, que no importa el color de la piel, el sexo, la edad, la condición social, o los dioses a los que cada uno rece, pues todos somos de la misma condición. La condición Humana, amado Pedro. Y si bien tal vez nunca nadie, entienda la labor que esta mujer puede desempeñar, yo te digo a ti, que será la más importante y… eres un hombre tozudo, ¡¡Todos lo sois!! –Dijo Jesús levantándose de pronto de la mesa y dando un paseo nervioso por la habitación- ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo? ¿Quién es el ciego? ¿Yo, que veo en el corazón de los hombres? ¿Que veo su bondad, allá donde otros ven razas o género? O vosotros que veis el temor a que una mujer se convierta en vuestro igual. –Gesticulaba con ímpetu y movía las manos hacía el cielo para luego volverlas a bajar señalando a Pedro- No habéis aprendido nada y eso me entristece, pues no queda mucho tiempo. –Se dirigió hacia la puerta y abriéndola añadió- y ahora ve y déjanos solos, aún tiene mucho que aprender y yo tengo mucho por enseñarle.

 

Jesús besó a su amigo en la frente y se quedó a la puerta de su hogar viendo como éste se alejaba lentamente. Los niños jugaban alegres en la calle, correteando alrededor de la fuente que se hallaba frente a la casa del maestro, esto le hizo sonreír al recordar la alegoría de los niños; “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Se acercó a la fuente y se sentó al lado de ella, al instante todos los niños se acercaron a él. Por un instante olvidó la tozudez de su amigo. Pedro no vio esa emotiva escena, sino, tal vez se hubiera dado cuenta del amor tan grande que todos le tenían. Y quien sabe si hubiera prestado más atención a sus enseñanzas.

Marchaba Pedro cabizbajo, pues no eran celos lo que albergaba en su corazón, sino temor. Pedro era un hombre robusto, no demasiado alto (en la media) tenía el pelo negro muy rizado y una rebelde barba, una nariz judaica y un ímpetu algo rudo. Él y todos los seguidores de Jesús estaban seguros que si éste dejaba el ministerio en manos de una mujer, su prédica se convertiría en el hazmerreír de toda Judea. Pues nadie escucharía a una mujer.

 

-¿Qué ocurre? ¿Le has convencido? – Dijo Mateo cuando Pedro asomó por la playa donde estaban sus hermanos reparando las redes.

 

-No y nada le convencerá.

 

-¡Vamos hermano! ¿Cómo podéis ser tan insensatos?, ¿No veis que no hay nada de malo en todo ello?- Decía el joven Juan.

 

-No, claro que no hay nada de malo en ello.-Corroboró Mateo- ¿Pero no veis que una mujer, jamás podrá predicar en el templo? Entonces, ¿Por qué tomarse tantas molestias? De nada servirá tratarla como a un igual si somos los únicos que lo hacemos,

 

¿No? –Decía Pedro con tristeza.

 

-Puede que tengas razón, pero es decisión del Maestro, no nuestra. Sea lo que sea lo que le está enseñando con tanto ahínco, no somos nadie para juzgarlo o criticar sus decisiones. -Finalizó Juan

 

Pablo de Tarso se mantuvo al margen de la pequeña disputa, pues él sabía más cosas que sus compañeros, aunque no podía hablar de ello. Al igual que María, él tenía una función especial tras la marcha del maestro. Eran pocos, muy pocos, los elegidos por él para esa misión.

A Pablo le entristecía sobremanera, no poder compartirlo con los demás, pero sabía que ellos tenían otra misión, y del grupo allí reunido tan solo él y Juan compartirían el secreto del maestro. No sabían que era lo que él le estaba enseñando a María, pero lo que sí sabían, era que debían protegerla a ella y a su hijo y que él volvería a reunirse con ellos.

Mientras tanto Jesús y María seguían con su pequeña disputa.

 

-¿Cómo puedes pedirme eso? -Decía María indignada- Tiene que haber algo que puedas hacer, ¿Verdad? No puedes ser tan insensato de preferir morir por salvar a unos infieles ignorantes y dejarnos solos, ¡No!, ¡No puedes!

 

-Sé que ahora mismo te resulta difícil de entender, pero lo entenderás. Así deben ser las cosas, porque así está escrito. Tu labor irá mucho más allá de lo que nadie podría entender, sabes que debes proteger la llave. Además debes aprender a manejarla para que podamos seguir en contacto. Pero sobre todo debes mantener mis enseñanzas en secreto por el bien de todos. Entiendo que no será un contacto físico pero algún día regresaré y entonces todo será diferente. No solo eres mi predilecta como discípula, sino que también, eres mi esposa, mi amiga, mi compañera y la madre de mi futura estirpe.

 

-María, por Dios Padre todopoderoso, tal vez tú puedas convencerlo- suplicaba la esposa a la suegra.

 

-¿Cuánto hace que lo conoces, hija mía? ¿Seis años? Veo que aún no has aprendido nada. Cuando os desposasteis en Canaán, sabias del futuro que el Padre tenía pensado para él. Jamás te lo ocultó ¿Crees acaso que es fácil para una madre, saber que su hijo se dejará matar sin luchar siquiera? Son los designios del Señor, y es ese mismo Señor, quien tiene para ti también, grandes planes.

 

-Pero no puedo cruzarme de brazos sabiendo que lo voy a perder… tan pronto. Noo… no sé si esté preparada para ello, necesito… más tiempo a su lado. Necesito más de él. Me gustaría que llegase a conocer a su descendencia, él está muy seguro que tendremos hijos, pero… si va a morir… ¿Cómo? -Sollozaba María.

 

-Oh, pero si los conocerá querida, el estará junto a su Padre en el Reino de los cielos, y desde allá la verá crecer a ella y a sus descendientes.

 

-¿Descendientes? ¿Cuánto tiempo piensas entonces, tardar en volver? ¿Cómo puede tu Padre ser tan cruel? –decía mientras se doblaba sobre sí misma y sollozaba abrazándose la barriga.

 

-¡María contén tu lengua! –Dijo Jesús algo apurado, pues no sabía cómo hacerla entender que ese, y no otro era su destino. – Amada mía algún día entenderás, todo, ya lo veras no pierdas tu fe. Has de ser valiente y fuerte, tu hija te dará fuerza para salir adelante ya lo verás. En verdad te digo que aquello que está escrito prevalecerá, y llegará el día en que todos estemos juntos en el Reino de mi padre.

 

-Perdóname amado esposo cumpliré con lo escrito. Cuando todo termine iré con José y con los demás a tierras lejanas, juntos propagaremos la palabra de Dios y cuidaremos de la sangre.

 

-Que así sea pues –dijo mientras la abrazaba con tanto amor y ternura que hasta a su madre se le escaparon unas lágrimas.

 

-Será mejor que os deje solos, os quedan apenas unos pocos años y tenéis mucho que preparar aún. –Dijo su madre dando un beso en la mejilla de cada uno mientras se retiraba con lágrimas en los ojos.

 

-Para ella tampoco está siendo nada fácil saber que va a perderte –le dijo María a su esposo.

 

-No, no lo está siendo, pero ya lo tiene asumido y lo acepta –decía mirando la puerta- además es solo temporal, ya sabe que volverá a verme. En verdad, en verdad te digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.

 

Miraba la puerta con tristeza y alegría al mismo tiempo. Tristeza por el dolor que involuntariamente le causaba a su madre y alegría por saber que su destino era grande, muy grande. Ese sacrificio acabaría con el pecado del mundo, así se lo había dicho su padre. Fue hacía un rincón de donde saco algo que tenía guardado, desenvolvió el paño que lo cubría y mostró a María el contenido.

 

-Bien ahora presta mucha atención he de enseñarte a usar esto. Solo tú podrás usarlo, pues el padre lo ideó para ti, la portadora de la sangre. Más adelante también tus descendientes podrán.

 

-Si es la voluntad de Dios que así sea. –Finalizó María dándose por vencida

 

Al poco rato, salió la madre de la vivienda, y recordó al joven matrimonio que la cena estaba ya sobre la mesa. Jesús, recogió el objeto nuevamente en el paño, y lo guardó con mucho cariño. Después acercándose a María, la tomó de la mano, y entraron en la casa en un completo silencio.

Tras la cena, él marchó a casa de su amigo José, el de Arimatea. José era el hermano menor de Joaquín, el padre de María, la madre de Jesús, lo que lo convertía en tío-abuelo de éste. Se convirtió en su tutor después de la temprana muerte de José, el padre de Jesús. Era miembro del Sanedrín, (tribunal supremo de los judíos), y decurión del Imperio Romano. Un hombre rico, ilustre. Cuando éste lo vio llegar, corrió a dar un beso a su amigo.

 

-Maestro ¿Cómo ha ido el día?

 

-¡Ay! José, viejo amigo, me está resultando muy difícil con las chicas… se me parte el corazón viéndolas sufrir.

 

-Dales tiempo Jesús, ellas entenderán. ¿Y los discípulos? ¿Cómo lo llevan ellos? Supongo que ha de ser Simón Pedro quien más problemas esté causando, ¿Me equivoco? -Preguntó José.

 

-Así es, él siempre fue el más tozudo, no en vano era zelote. No puede olvidar sus orígenes y aún hoy, a pesar del tiempo que lleva conmigo, empuñaría con furia una espada. En verdad te digo, amado José, que llegará el día de mi apresamiento y será Simón el primero que quiera venganza. Pero yo os digo, que quien mata con la espada, a espada morirá. -Le dijo el Maestro poniéndole la mano sobre el hombro a José.

 

-No es el único que aún siente correr la sangre zelote por sus venas, hay muchos como él. Muchos que creen que la solución pasa por expulsar a los invasores romanos de Judea. A pesar de lo mucho que te quieren todos ellos, no son conscientes de lo que significas para la humanidad, ni de lo grandes que son tus enseñanzas.

 

-No, no lo son, pero lo serán. Y en verdad te digo, que llegará el día en que mis enseñanzas habrán de recorrer todo el mundo. Pero dejemos todo eso para cuando llegue el momento ¿No crees, mi buen amigo?

 

-Sí, claro que sí, ven, tomemos un vino. Nicodemo está a punto de llegar, hijo mío va a ser muy duro, ¿Lo sabes, verdad?

 

-Lo se José, tú te convertiste en mi tutor tras la muerte de mi padre, has sido más que un padre para mí. Se, que será difícil para ti, dada tu posición en el sanedrín. Y para Nicodemo también lo será, y sabéis lo mucho que os agradezco todo lo que haréis por mí, y lo que ya estáis haciendo, pero así ha de ser. También para mi madre y esposa va a ser muy difícil, y para el joven Juan, una gran responsabilidad. Pero no temáis, mas todo saldrá como el Padre tiene planeado. Aunque no entandáis muchas de las cosas que pasen, éstas han de pasar y será para un bien mucho mayor.

 

Ambos guardaron silencio y tras unos minutos, José miró a los ojos a Jesús y entendió sin que éste se lo dijera, que necesitaba orar en soledad. José le dio un fraternal beso y se retiró cauto al interior de la casa.

Jesús marchó entonces hacia el gran olivo (posiblemente fuera milenario) que había en la propiedad de José. Le encantaba postrarse allí, a su vera, de rodillas y hablar con su Padre celestial. Al cabo de un buen rato, se acercó a la casa y se despidió de José, ya era hora de regresar junto a sus mujeres.

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