Los Guardianes del Legado cap 9 por Silvia Marinho

CAPITULO IX: DE REGRESO HACIA ATENAS:

 

“Nuestro deseo desprecia y abandona lo que tenemos

Para correr detrás de lo que no tenemos.”

Michel Eyquem de Montaigne

 

Josh Holloway es Jaime
Josh Holloway es Jaime

Ya había anochecido cuando pasaron cerca de Lamía y Jaime propuso pasar allí la noche. Habían madrugado, realizado un trayecto de casi seis horas, pasado un día muy ajetreado, y el cansancio apenas le permitía seguir conduciendo otro par de horas más. Dejaron la carretera y se metieron en la ciudad donde encontraron un encantador Hotel; el Delta, y cogieron habitaciones contiguas. Ambos acordaron en verse en media hora en la habitación de ella.

Cuando Jaime llamó a su puerta, la encontró vestida únicamente con el albornoz y una toalla enroscada en la cabeza. Él también había acudido de la misma guisa puesto que no llevaban ropa de repuesto, ya que la idea era volver a Atenas. No querían usar la misma ropa que tendrían que llevar al día siguiente en el viaje de vuelta . Ambos estallaron en una sonora carcajada. Mientras les subían la cena, ella terminó de lavarse la ropa, la colgó en la ducha y preguntó a Jaime si él ya se había lavado la suya, ante la negativa de éste, le sugirió que se la pasase, que ya se ocupaba ella. Durante la cena, él no podía apartar los ojos de Alicia, le había conmovido el gesto tan dulce que había tenido queriendo lavar su ropa. En las ocasiones, en las que el albornoz de ella se abría ligeramente dejando entrever sus turgentes, aunque pequeños pechos, Jaime sentía cómo toda la sangre de su cuerpo se dirigía, inexorablemente, al mismo lugar. Notaba, que el calor que sentía en la entrepierna, iba en aumento. Su miembro estaba a esas alturas totalmente erecto. Un intenso deseo de poseerla ahí mismo, con, o sin su consentimiento, peleaba firmemente con la razón y la cordura. No dejaba de rememorar cuando ella había sido suya. Recordaba como lo provocaba en cualquier momento hasta hacerle perder el control. Habían hecho el amor en los lugares más dispares, ella sabía qué hacer y cuándo hacerlo para volverlo loco de deseo. Deseaba con todas sus fuerzas alargar la mano y acariciar esa piel suave y cálida, esos pechos deliciosos con sus pequeñas y rosadas aureolas. Ahora más que nunca, recordaba lo idiota que había sido al dejarla marchar. Una intensa punzada de celos lo atravesó al darse cuenta de que ella no era suya, si no de Héctor. Finalmente consiguió relajarse. Cuando acabaron de cenar volvieron sobre el tema, hecho que agradeció enormemente Jaime, dado que así su mente se centraba en otras cuestiones menos eróticas. La sangre de su cuerpo volvió a circular por los lugares, que momentos antes, se habían quedado sin gota de ella.

 

-Bueno Jaime al parecer tenías razón, la iglesia está de algún modo implicada. Parece que al final sí son los sicarios de Dios, ¿No?

 

-¿De algún modo? No, Alicia, está totalmente implicada.

 

-Bueno, si no he entendido mal, y creo que no… Serían unos “excomulgados de la iglesia” los que están implicados, ¿Me equivoco? -decía Alicia intentando ser veraz con la información que habían obtenido de Antonio. -Es decir, radicalizaron las leyes de Dios, se las llevaron a su terreno, e hicieron con ellas y en nombre de ellas, auténticas barbaridades. Según nos ha contado Antonio son peores que la inquisición. Pero ya no forman parte de la iglesia realmente, por lo tanto ¡Son una secta! No son la iglesia.

 

-Bueno…. sí, claro, pero vamos a ver, estas personas fueron excomulgadas por su extremismo con las creencias. ¿De acuerdo…? por intentar llevar esos extremos a la vida cotidiana, perfecto -Adujo él intentando tranquilizar los ánimos. -Pero aun así siguen siendo la iglesia. Porque es la iglesia la que, desde las sombras, maneja los hilos de esas personas. Son ellos los que dan las órdenes, aunque no sean las cabezas visibles.

 

-No, no lo son, puesto que si fueron excomulgados… Ya no pertenecen a la iglesia, aunque de algún modo… quizás ellos siguen creyendo que sí.

 

-No, querida Alicia, te equivocas. Te has obcecado con que una secta es algo al margen de cualquier iglesia y te equivocas, pues son precisamente las iglesias las que crean las sectas. Nacen de ellas y las manejan ellos, ¡¡Por Dios santo!! ¡Reacciona chica!

 

-Vale, está bien, está bien… admitiré eso, al menos de momento. Entonces va a ser difícil escapar de ellos, los tentáculos de la iglesia llegan a todas partes, y, si es verdad que son peores que la inquisición… puede pasar cualquier cosa.

 

Ambos guardaron silencio, un silencio espeso y pesado, siendo conscientes del peligro que se cernía sobre sus cabezas. Ella, sabía de sobra por los años que llevaba trabajando como arqueóloga, que las iglesias de todas las civilizaciones habían sido, de algún modo, sectarias. Antiguas civilizaciones practicaban sacrificios a sus dioses para obtener una buena cosecha, o sacrificaban al primogénito para aplacar a los mismos dioses, y cuando se adoró finalmente a un solo Dios, la iglesia continuó su dictado del miedo. Creando grupos paralelos a ésta, dentro de la misma, para ejecutar sus sentencias. Sentencias de muerte en muchos de esos casos. De modo que lo de “brazo armado de la iglesia” tenía su significado. Pero a pesar de todo ello, ella se negaba a admitir, que en pleno siglo XXI la situación siguiera siendo la misma de hacía setecientos años.

 

-¿Te parece que nos vayamos a descansar? Son más de las dos de la madrugada y mañana debemos proseguir el viaje, además entre el cansancio, lo que nos han contado, y lo que hemos bebido… mejor será recomponerse un poco, ¿No? -dijo ella un poco nerviosa.

 

Adriana Ugarte es Alicia
Adriana Ugarte es Alicia

Se estremeció al sentir un escalofrío que le recorría la espalda. La cercanía y las miradas lascivas de Jaime, durante toda la noche, de las cuales se había percatado perfectamente, la afectaron de un modo turbador. Ahora sintiéndolo tan cerca, no estaba muy segura de poder negarle nada.

 

-Sí, tienes razón, vayamos ya. ¿Nos vemos a las nueve?

 

-Sí, me parece prefecto.

Finalmente no pasó nada entre ellos, algo que alivió, por lo menos a una de las partes; la femenina. Se fueron a dormir y a la mañana siguiente, mientras recogía su bolso cayó al suelo un medallón. Se fijó que era el mismo que había visto en casa de Antonio, lo guardó nuevamente y pensó en comentárselo a Jaime más tarde, ahora mismo no tenía tiempo para pensar en ello, les esperaba el viaje de vuelta. Se vieron en el desayuno, pero comenzaron a hablar y a ella se le olvidó mencionárselo. Acordaron en volver a Atenas y tomarse el día libre. No volverían a hablar en todo el día del manuscrito, de la secta, ni de nada que tuviera algo que ver con toda esa historia. Lo dedicarían a disfrutar de la ciudad, a hacer alguna compra, y a distraerse un poco. Tras el desayuno cogieron el coche y tomaron rumbo de regreso.

Llegaron a Atenas sobre las doce del mediodía, era sábado y el ambiente en la ciudad era formidable. Devolvieron el coche, por suerte, la agencia de alquiler tenía un acuerdo con el Hotel, podían dejar las llaves en la recepción. Se fue cada uno a su habitación, ambos estaban deseosos de cambiarse de ropa y de darse una buena ducha, pues el día estaba resultando demasiado caluroso y el viaje en coche no había ayudado mucho ya que, en mitad del camino se les había estropeado el aire acondicionado. Acordaron en verse a la hora de cenar, ella quería ir de compras y ver un poco la ciudad y quería hacerlo sola, necesitaba reflexionar sobre todo lo que le estaba ocurriendo.

 

Alicia se preparó un gratificante baño, en ese momento de relax y soledad, sumergida en la cálida agua espumosa, se dejó llevar por todas las sensaciones que había sentido la noche anterior. Comenzó a acariciar suavemente sus muslos y una corriente de placer le puso la piel de gallina. No se detuvo, inició un avance inexorable hacia su pubis dando rienda suelta al torbellino de deseo que la inundaba por dentro, pugnando por salir. Obtuvo un inmenso placer, cuando acabó sintió que el mundo le pertenecía, ya no tenía ningún miedo, superaría sin problemas la cercanía de Jaime.

Tomó un autobús y se dirigió al museo arqueológico nacional donde disfrutó como una chiquilla. Tras la visita al museo, cogió nuevamente el bus y se dirigió a la calle Ermou, la zona que Jaime, le había indicado para comprar regalos. Antes de comenzar con las compras, hizo una parada para picar algo y tomar una cerveza bien fría, pues debía de hacer como treinta y nueve grados de temperatura. Mientras le traían la comida cogió el móvil e intentó llamar a su marido. En esta ocasión dio señal, pero nuevamente nadie contestó a su llamada. Asqueada cortó la llamada y apagó el móvil, no entendía por qué Héctor no contestaba, pero su mala leche mezclada con un toque de irritación y preocupación no la estaban ayudando mucho.

Tras finalizar su comida, se dedicó por completo a las compras. En un ataque compulsivo, se compró ropa, zapatos, complementos, figuritas del Coliseo y el Partenón… y, aunque estaba muy enfadada, y a punto estuvo de no hacerlo, no se olvidó de comprar también un bonito traje para Héctor, con su corbata de seda a juego y unos bonitos zapatos. Cuando se dispuso a volver de nuevo hacia el hotel, el sol se ponía ya tras el Partenón. Sin darse cuenta se le había echado el tiempo encima, llamó a la habitación de Jaime, antes de subir a la suya, para avisarle que ya estaba de regreso.

 

-Pero chica ¿Dónde te habías metido? empezaba a preocuparme, son más de las ocho, te he estado llamando pero tenías el móvil apagado, ¡Joder, pensé que te había pasado algo! ¿Tengo que recordarte que te siguen?

 

-¿El móvil? Ups, sí, es cierto, lo apague porque… bueno, mejor dicho me quedé sin batería, lo siento –dijo riendo de forma nerviosa. No quería decirle la verdad, que lo había apagado porque estaba enfadada con su marido.

 

-Está bien, no pasa nada, es solo que… si te hubiera pasado algo, no podría perdonármelo. ¿Bueno, te preparas y cenamos? Me han hablado de un sitio espectacular para cenar, me apetece invitarte. De paso podemos disfrutar del ambiente nocturno de la ciudad, ¿Qué me dices, vamos de fiesta? Por cierto… ¿Qué son todas esas bolsas? ¿Acaso has comprado media ciudad? -comentó jactándose- ¿Te ayudo a llevarlas?

 

-No, creo que puedo sola –se jactó ella a su vez- He tenido un ataque de compradora compulsiva y he comprado unas cosillas para mí y… algo para Héctor.

 

-Vale, vale, bueno, entonces… ¿En media hora estarás lista? O ¿Necesitarás más tiempo?

 

-Sí, en media hora estaré lista, nos vemos en el hall.

 

-De acuerdo, hasta entonces preciosa.

 

Media hora después se encontraban abajo. Dieron un pequeño paseo por el puerto del Pireo, para desconectar un poco. Multitud de pequeños veleros salpicaban la bahía. El mar, calmado, reflejaba con preciosos destellos ocres la imagen de la luna, era una idílica escena, digna de enmarcar. Había un pequeño restaurante muy acogedor, se llamaba Delfino estaba en el Mikrolímano, la comida era buena y tenía el aliciente de unas magníficas vistas al mar, y a los yates más lujosos de Grecia. El local estaba casi íntegramente iluminado con velas y la decoración evocaba la Grecia clásica. Por supuesto los precios de un sitio así, no eran baratos, pero esa noche le apetecía invitar a Alicia a una cena muy especial, él podía permitírselo. Quizás allí, y si el champán hacía el efecto deseado, se dignaría por fin a pedirle perdón.

Jaime, se había puesto un traje que recordaba el estilo Ibicenco. De un blanco radiante que resaltaba el tono dorado de su piel y el magnífico color de sus ojos. Poseía la belleza de un modelo de pasarela, lo sabía entre otras cosas, por el éxito que cosechaba entre las féminas. El cabello rubio, que ya dejaba entrever algunas canas, le llegaba casi hasta los hombros y le daba ese toque tan sexy, que era una mezcla entre pícaro, altanero, divertido, atrevido y aventurero. Media metro ochenta largos y era de complexión musculosa, aunque no se machacaba en el gimnasio, tenía unos interesantes abdominales.

Esa noche estaba dispuesto a utilizar todas sus armas, no sabía muy bien si para volver a conquistarla o, porque en el fondo de su corazón, sentía que ella merecía más que nadie que todos los detalles fueran perfectos. Quería que se sintiese segura, a salvo, y que en su mirada volviera a verse ese brillo que lucía cuando estaban juntos, (de eso hacía ya mucho tiempo).

Comieron musaka, langosta, ensaladas, bebieron vino, ouzo (una bebida muy, pero que muy fuerte) y acabaron tomando champán. Casi parecía que la quería emborrachar o que necesitaba emborracharse él; y así era en realidad. La cena resultó de lo más agradable. El lugar, los olores, la comida, y la interesante conversación que habían mantenido, habían hecho que olvidaran durante unas horas los verdaderos motivos que los habían reunido.

Cuando acabaron de cenar, en la calle reinaba un ambiente de lo más festivo, se fueron andando tranquilamente hacia lo que parecía un pub, estaban decididos a tomar una copa y a menear un poco el esqueleto. Mientras tomaban su copa, ella lo miraba con atención. Bajo la luz morada que había en el local, la sonrisa de él era esplendida y su mirada de lo más hipnótica. Alicia, no estaba segura si era por el ambiente romántico de la velada, por el alcohol ingerido, o porque tenía las hormonas algo revolucionadas, pero la realidad fue, que al mirarlo, un fuego de intenso deseo le recorrió toda la espina dorsal, haciendo que la excitación humedeciera sus braguitas. Su pulso se volvió de pronto errático, podía sentir la tensión del torso musculoso de él a través de la camisa blanca de batista que llevaba puesta. De pronto notó como su sexo se humedecía aún más clamando a gritos ser cabalgado. La vena de su cuello empezó a palpitar frenéticamente, casi podía oír el rítmico sonido en sus oídos. En un acto de impulsividad se acercó con la excusa de bailar, arqueó las caderas apretándose a él con desesperación y el corazón desbocado.

A Jaime, la cabeza le daba vueltas. Sintió el mismo fuego que se había desatado en su interior en la habitación del hotel de Lamia, (solo que ahora, iba en aumento al sentir ese mismo deseo en ella) sus pantalones estaban más apretados, a causa de la excitación de su miembro.

En ese preciso instante, ella tuvo un miedo irracional de perder la cabeza, sintió cómo la debilidad se apoderaba de ella. Se alejó de él, esperando que no hubiera notado nada, y se puso a bailar, pero era perfectamente consciente de lo que acababa de ocurrir entre los dos. Cuando se tranquilizó, sugirió volver al hotel.

Él no quería irse aún, pensaba que quedaban cosas pendientes entre ellos, pero accedió. Aunque no estaba dispuesto a irse a dormir sin haber agotado todos sus cartuchos. Se dirigieron lentamente a la parada de bus que los llevaría de vuelta al hotel. Los hermosos faroles dispuestos de trecho en trecho, como alumbrado especial, producían un tintineo metálico al mecerse ligeramente. Al llegar, él le dijo:

 

-¿Estas demasiado cansada como para hacer una parada en la piscina y hablar un poco de… otras cosas?

 

-¿Cansada? no, más bien un poco ebria diría yo, ¿Que te preocupa? –Dijo esperando que no le sacara el tema de lo que acaba de pasar en el bar.

 

-Oh no, no, nada, solo quería decirte algo que llevo tiempo intentando decir y si no lo digo ahora creo que nunca tendré el valor de decirlo. –comentó el. Solo podía pensar en una cosa, no podía dejar que se le escapara la oportunidad.

 

-Está bien vayamos a la piscina entonces, pero, ¿Te parece que antes pasemos por el bar y cojamos otra botella de ese delicioso champan? La verdad es que entra solo- dijo ella riendo.

 

-Será perfecto, cariño –dijo Jaime tomándola de las manos y llevándola hacia el bar.

 

Adriana Ugarte es Alicia
Adriana Ugarte es Alicia

Una vez adquirida la tan ansiada bebida efervescente y camino a la piscina privada del Hotel, él le cogió suavemente de la cintura, no sabía si porque tenía miedo de que se cayese o porque se estaba poniendo un poco tontorrón, pero necesitaba ese pequeño contacto físico con ella.

Hacia una noche totalmente estrellada, la temperatura era estupenda, y a pesar de las horas (casi las dos) no tenían nada de sueño. Aunque algo les decía que a la mañana siguiente, el amanecer, iba a ser peor que el Armagedón y el Apocalipsis juntos. Se tumbaron en las tumbonas y ella le dijo alegremente:

 

-Quizás vea una estrella fugaz y pueda pedirle un deseo.

 

Él se tumbó a su lado, de costado, con el brazo flexionado y apoyando la cabeza sobre su mano. Pensó en la mirada que ella le había dirigido en el pub, estaba casi seguro que el mismo deseo que sentía él, era el que sentía ella. Habría jurado que sintió la lujuria de sus ojos deslizándose a través de su torso y parando descaradamente en su sexo. Pero cómo inmediatamente se había ido a bailar, no estaba seguro. La miró de un modo que no le había mirado nunca y dijo:

 

-…Lo primero quería pedirte perdón, perdón, no tanto por hacer lo que hice, más bien por como lo hice…. te metí en mi vida, en mi propia casa, te hice ver que era para siempre, te prometo que entonces estaba convencido de que así sería. Pero vi que tu carrera, tus aventuras eran lo más importante para ti. Pensé que nunca podría seguirte a todas partes, que estarías tan poco a mi lado que te echaría de menos cada segundo. Por mi parte yo tampoco quería renunciar a mi carrera. Pero la manera en que te eché de mi vida… no entiendo como todavía me hablas. Recuerdo aquella mañana, temprano, los dos en la cama. Como me acariciabas reclamando cariño como una gatita, y yo allí, como un témpano de hielo, mirando al techo, ignorándote. ¡Fui un estúpido! Decirte sin más “tengo cosas que hacer, debes irte”. Recuerdo como súbitamente dejaste de acariciarme, cómo me miraste, y cómo, sin mediar palabra te levantaste y te marchaste. Cabizbaja y sin ningún enfado ni reproche. Sabías que algo andaba mal, pero no hiciste ningún comentario…

 

Mientras le hablaba, ella le miró atentamente, sus ojos se movían recorriendo toda su cara. No mediaba palabra como esperando alguna explicación más, pero su mirada irradiaba cariño y afecto. Algo que le conmovió. Aunque de pronto ella matizó:

 

-No hizo falta hacer ningún comentario Jaime, se veía desde hacía tiempo que yo estorbaba en tu vida. Pero al menos pudiste ser sincero y decírmelo allí mismo, a la cara… en lugar de ello me mandaste un mensaje al día siguiente diciéndome “esto no va a funcionar, no estamos hechos el uno para el otro”

 

-… Sí… tienes razón… pero recuerdo que una semana después me invitaste a comer. Allí estabas con tu sonrisa, como si no hubiera pasado nada. Eres un verdadero Ángel. Gracias a tu actitud seguimos llevándonos tan bien… –dijo- …Lo segundo que quiero decirte… bueno que me alegro de que hayas encontrado la felicidad con Héctor, es un tipo genial y te cuida como yo nunca lo hubiera hecho. –aunque en el fondo sabía que Héctor era un capullo, que no merecía el cariño que ella le daba y por supuesto que nunca la amaría como él la amaba.

 

Ella aún seguía mirándole, sin decir nada, con la certeza de todo lo que él le había hecho. Dado el estado en el que estaba Jaime, ya un poco borracho, no pudo evitar meter la pata…

-…Y lo tercero…..Te quiero Alicia. –ella giró la cabeza, no dijo nada… como aquel día. Pudo ver que lloraba. La abrazó y le dijo para finalizar- Lo siento mi amor, lo siento tanto…

 

Alicia alzo el rostro y le miro entre lágrimas. Sonrió maternalmente y le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios. El olor del perfume tan caro, que ella siempre usaba, le trajo a él tórridos recuerdos del pasado, pero se contuvo.

Ella lo miró a los ojos y añadió:

 

-¿Nos vamos?

 

Él le agarró de la mano y fueron paseando en completo silencio hasta la habitación. Un silencio que decía tantas cosas…

Cuando ella entró a la habitación, todo estaba revuelto, iba a avisar a Jaime pero se detuvo, tal como estaban las cosas entre ellos era mejor que él no supiera nada. Revisó sus cosas al parecer no faltaba nada, al menos eso le pareció. Dejó todo tal cual, ¿Para qué molestarse en recogerlo si ya había decidido que se marcharía por la mañana? Se tumbó en la cama. No podía parar de llorar.

 

-¿Por qué, Jaime? ¿Por qué me haces esto?, después de tanto tiempo… sabes lo que yo sentía por ti, sabes que te amé con toda mi alma… que probablemente te hubiera amado para siempre si no me hubieras engañado con otra, si no me hubieras mentido. Pero ahora… ya no Jaime, no, ya no, ahora quiero a Héctor, ¡Claro que sí! Quizás de un modo muy diferente, pero le quiero con toda mi alma, le quiero de un modo que jamás volveré a quererte a ti. Debo irme, si sigo aquí… acabaré haciendo algo de lo que me arrepentiré el resto de mi vida. ¡¡No!! ¡¡Debo irme!! ¡¡No puedo seguir aquí!! No permitiré que vuelvas a jugar con mis sentimientos, ¡¡Nunca más!! Ese deseo irracional que siento, ya no es amor es tan solo deseo y no voy a caer en la tentación.

 

Se colocó frente al ordenador y escribió un mail a Héctor. Sus ojos empezaban a enrojecerse a causa de las lágrimas y el rímel que ahora recorría toda su cara;

 

“Querido Héctor;

Mañana marcho para España, aquí ya no me queda nada por hacer. Ha pasado algo con Jaime, bueno en realidad no ha pasado, pero ha estado a punto de pasar, te quiero Héctor, no merece la pena jugarme lo que tengo contigo por alguien como él. Te remito toda la información que he reunido, que no es muy extensa porque Antonio no sabía gran cosa, pero de todos modos te lo remito. Espero verte pronto. ¿Cómo va el curso de verano? En pocos días nos veremos en casa, tengo tantas ganas de verte que cuento las horas que me separan de Mérida.

Te amo, besos”.

 

Se dio una larga ducha para eliminar el cansancio y el dolor que le atormentaba por dentro, y escribió una nota que por la mañana, metería bajo la puerta de la habitación de Jaime;

 

“Querido Jaime;

 

Me voy, no puedo con esto, no puedo estar más a tu lado yo… te amé demasiado para pasar por todo esto de nuevo. No puedo mirarte sin olvidar lo que pasó, el modo en el que me alejaste de tu vida… No puedo ignorar el hecho de que aún antes de terminar conmigo, ya me habías buscado sustituta. Nunca sabrás quererme del modo que yo te quise, ni del modo que a mí me gustaría que me quisieras. Nunca te hubieras comprometido, nunca me valoraste lo suficiente, nunca fuiste sincero conmigo, nunca permitiste que lo nuestro avanzara, que fluyera… si te fijas bien, hay demasiados “nunca”… sé que lo entiendes y que seguiremos siendo amigos, pero ahora debo alejarme de ti. No quiero hacer algo de lo que me pueda arrepentir y tú me estas poniendo en un aprieto, no puedo consentirlo. Decirme a estas alturas que me quieres… por Dios, ¿Cómo puedes ser tan cínico? No más, nunca más, Jaime, se acabó.

 

Adiós”.

 

Se acostó y no pudo dormir en toda la noche, las lágrimas le oprimían demasiado el pecho. Por la mañana, cuando aún el ocaso no había hecho acto de presencia y aunque estaba, cansada, hastiada, y emocionalmente desequilibrada, se puso a recoger el poco equipaje que llevaba, y que se hallaba esparcido por toda la habitación. De pronto se percató de nuevo de la presencia del curioso medallón que había visto en casa de Antonio, y que ahora estaba en su posesión.

 

¡Eso es! -Se dijo a sí misma.

 

Tal vez lo que habían estado buscando los sicarios, era lo que desde hacía horas se hallaba en su poder. Decidió dejar ese tema para cuando estuviera en el avión, en las horas que duraría el vuelo, tendría tiempo de estudiarlo. Para no olvidarse, puesto que ya se había olvidado de él antes, cosa que ahora agradecía enormemente, optó por sacarlo del bolso y colgárselo al cuello. Era bastante largo y quedaba totalmente oculto bajo su camiseta.

Salió sigilosamente de su habitación y bajó a la de él, durante unos instantes el corazón se le cerró en un nudo. Finalmente se armó de valor, pasó la nota bajo su puerta y se alejó.

Cogió un taxi y se fue directa al aeropuerto, esta vez, se iba para siempre y sin volver la vista atrás.

 

 

Esto puede interesarte también

Deja un comentario