Maldición por J. D. Arias

Devora Williams estaba sentada en el centro de la habitación, le temblaban las manos sobre su caminador al frente de ella, la vejez la había arrasado, el alzhéimer la estaba borrando de a poco, sin embargo, por sobre los recuerdos que hacían dejado su memoria, aun permanecía uno, tétrico y escabroso, el recuerdo del suceso que la confinó a ese lugar, luego de que se salvara por poco de la cárcel, aunque ella no sabía qué hubiera sido peor.

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Pocos conocían la historia de esa anciana calva, los rumores decían que a sus treinta años la esquizofrenia la descontroló y terminó por quitarse todo su pelo, pero no era más que un rumor, la realidad fue mucho más adversa.

Fui el único que pudo sacarle el recuerdo por completo, sin dejar detalles que volvieran la historia en no más que un rumor. Hace un año me propuse recolectar las historias de los recluidos en el psiquiátrico Ashford como una forma de inspiración para sacarme del bloqueo de escritor en el que caí hace dos años.

Descubrí que Devora no era mala persona, que solo había terminado haciendo cosas horrendas por fuerzas mayores a ella, por cosas que aún no logramos comprender.

Le saqué el relato por partes, ella no podía soportar mucho tiempo con la misma historia sin que el miedo se apoderara de su ser y se rascara la cabeza con desagrado, al principio me parecía extraño, no quería creer que el rumor era cierto pero su actitud lo demostraba. Le disgustaba lo que fue cabello, eso estaba claro.

Al principio me contó que cerca de los treinta, decayendo de su juventud, su cabello se estaba cayendo de una forma alarmante, cada que se pasaba la mano por la cabeza terminaba con varios cabellos enredados en su extremidad. Luego aparecieron las canas y el pensamiento de que se estaba degenerando rápidamente. Comenzó a utilizar gorros con el fin de ocultarlo, se sentía horrible, como una abuela, pero apenas estaba en sus treinta, debía solucionarlo, no podía dejarse al dolor, aún era hermosa, deseable, no podía quedarse como una anciana en esos momentos.

Es increíble como la belleza nos lleva a dar todo de nosotros, incluso ponernos en peligro. En principio lo que escogió Devora no era peligroso, una mentira piadosa pensaba ella, solo ponerse extensiones de cabello natural, ¿Quién pensaría que fue eso lo que la llevó a un psiquiátrico?

Fue una tarde de primavera, con el sol en lo alto del cielo y las flores recién florecidas perfumaban el ambiente. Caminaba por la calle principal de Daleville, con sus tacones y la falda ajustada, caminaba con la decencia de una dama de la nobleza con su cabello, totalmente reparado, ondeando, golpeando rítmicamente sus hombros para luego ir al aire. Su cara denotaba la felicidad de volver a ser bella, la sonrisa estaba enmarcada por sus labios escarlata y las cabezas de los hombres se giraban al verla.

Esa tarde fue feliz, fue el único momento en el que estuvo feliz con su nuevo cabello.

No sabía que esperar, me había contado esa escena con la mirada perdida, como cuando cuentas la historia de alguien que ha muerto, una historia que es feliz pero que la tristeza le ha quitado todo color.

  • Las cosas se tornaron extrañas cuando no podía dormir en la noche. –dijo ella al día siguiente. –oh, muchacho, las noches eran lo peor.

En las noches sentía hormigueo en la cabeza, al principio solo era eso, más adelante, aproximadamente un mes después de que le pusieran las extensiones, escuchaba un pitido dentro de sus oídos que la molestaban toda la noche, después, algo le oprimía el pecho por varios segundos en los que no podía respirar. A los dos meses sentía como le halaban el pelo, tan fuerte, que tenía miedo que le arrancaran parte de su cuero cabelludo.

Aquel día solo pudo contarme eso, se estremecía con cada palabra, le temblaba el cuerpo, del miedo llamé a una de las enfermeras y esta última tuvo que darle un calmante. Volví dos días después.

  • ¡Occidere! –espetó.

La repentina acción me sobresaltó y por poco me caigo de la silla.

  • Occidere eum, occidere, occidere eum. OCCIDERE, OCCIDERE EUM. –gritaba.

Los alaridos alertaron al personal del psiquiátrico, tres enfermeros llegaron a ella y uno de ellos le inyectó un calmante, me dijeron que tuviera cuidado con lo que hacía, que no podía provocarle más ataques a la señora, les dije que no le había dicho nada, que ella comenzó a decir eso, pero no me hicieron caso.

Esperé dos días para que las cosas se calmaran, mientras investigaba dónde se había puesto las extensiones y qué significaban las palabras que había gritado. Hice el viaje de dos horas hasta Daleville, caminé hasta el lugar que la señora William me había descrito, pero, como era de esperarse, el local no era el mismo, ahora era un restaurante. Le pregunté al dueño del restaurante si sabía algo acerca del local de belleza, exclamó que era demasiado joven para saber que hubo un centro de belleza en ese lugar, no me dio información que sirviera.

Caminé hasta el parque principal, en una mesa, dos ancianos se retaban en un juego de ajedrez, me senté cerca para ver su juego, una vez terminado les pregunté. Uno de ellos río, volví a escuchar que era demasiado joven para saber eso. Es para una investigación, respondí. Los dos ancianos se miraron.

  • Hay cosas muy oscuras muchacho, y más en este pueblo. –respondió uno de ellos.
  • ¿sabes quién fundó este pueblo? –preguntó el otro.
  • No, señor. –respondí.

Ambos rieron.

  • Algunos dicen que no es más que una historia para asustar a los niños, pero, este pueblo fue fundado por un mago oscuro, creo que su apellido era Black. –dijo.
  • Dicen que era experto en artes oscuras y muchos le seguían. Este pueblo está plagado de historias de brujas y hechiceros, se decía que el local de belleza era tan próspero porque estaba embrujado, decían que la dueña era una bruja. –completó el otro.

Se rieron de mi cara de sorpresa.

  • No te asustes mucho muchacho, no son más que historias.

“no son más que historias” traté de convencerme con el fin de poder dormir, trataba de pensar que solo me habían contado eso para asustarme. “Vaya historia que tengo entre manos” pensé, tal vez con esto podría hacer algo que me pusiera de nuevo en los estantes.

Busqué las palabras que Devora había gritado, estaban en latín, “matar, mátalo” una y otra vez lo mismo.

  • En esos días estaba perdida, el insomnio me estaba matando, mi belleza se iba de a poco… luego vinieron las voces. –continuó.

Si la falta de sueño la estaba volviendo loca, las voces terminaron el trabajo, la alentaba a matar, a disfrutar de la sangre. Ella trataba de acallarlas, de mantener sus propios pensamientos por sobre las voces, pero, ¿Cómo haces eso cuando estás muerto del cansancio?

Occidere, occidere eum.

Al final estaba demasiado agobiada, todo había comenzado con las extensiones, si se las quitaba todo se acabaría, cogió unas tijeras y se fue al baño, sobre el lavabo, acercó las tijeras al cabello y comenzó a cortarlo, sintió dolor, como si de una cortada en la mano se tratara, le ardía, luego el pelo se movió por sí solo con el fin de huir de las tijeras, se enredó en su mano y apretó hasta que ya no podía sostener el utensilio. Se enredó en sus muñecas y las llevó hasta su cabeza. Toda la cabeza le dolía mientras el pelo se tensaba cortándole la circulación a las manos.

  • ¡NUMQUAM! –gritaron las voces de su cabeza.

El cabello seguía tirando de ella, llevó su cabeza hacia atrás, el dolor era demasiado y cayó de rodillas, varios mechones se alzaron por si solos, el miedo ya la estaba matando y en ese momento, su garganta se destrozaba por los gritos. El pelo se adentró en su boca y bajó por la garganta. Cuando me lo contó le dieron arcadas, había sido asqueroso, no podía respirar, estaba entrando en pánico total y, por ende, se desmayó.

No supo nada, hasta 5 días después, cuando la policía tiró la puerta de su apartamento, por la llamada de los vecinos ante el hedor, en el suelo se encontraban varios cuerpos, todos masculinos, con pedazos de carne desgarrados, formados en un círculo y en el centro un pentagrama hecho con sangre. La policía se acercó a la habitación, devora estaba sobre un hombre semidesnudo, su cabello se aferraba a las muñecas y el cuello de la víctima, mientras ella le comía la cara, el hombre había perdido el conocimiento por la falta de aire y con la cantidad de sangre en la almohada lo más seguro era que estaba muerto.

La policía la capturó, el cabello no se había mostrado agresivo contra ellos, y no se explicaban como había amarrado al hombre. La duda fue lo que la salvó de la cárcel, eso y su desconocimiento. Se había demostrado su insomnio, eso sumado a los testimonios de que el cabello la había controlado para hacer todo eso, fue lo que la llevó al psiquiátrico.

  • Ellos me cortaron el cabello, todo, por completo. Con gente a su alrededor no se enojaba.

Ella sonreía, se sentía libre, como si hubiera dejado su recuerdo en mí y ahora pudiera olvidarlo, una enfermera llegó por ella y se la llevó a su celda, caminaba lento con su caminador. Cerré mi libreta y me quedé mirándola mientras se iba.

Murió días después, dijeron que por alguna extraña razón su cabello estaba volviendo a crecer, no lo soportó más y se lo arrancó con las manos. Aparentemente se lo comió y se ahogó con él, pero yo sé muy bien que la mató por habérmelo contado, que le susurró en las noches Occidere, occidere eum, en mi contra.

Lo lamento Devora, espero que estés bien y que el cabello haya muerto.

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