Manteniéndome a flote por Ana Centellas

Imagen: Pixabay.com (editada)

MANTENIÉNDOME A FLOTE

Floto. Siento mi cuerpo flotar, liviano, sin equipajes, sin cargas. No tengo palabras para describir esta sensación; sé que parece imposible, pero no es ni siquiera comparable con la experiencia de volar en avión, es algo mucho más intenso. Podría equipararla a lo que debe sentir una medusa bajo las aguas del océano. Siento las pulsaciones del movimiento, como si mi cuerpo se expandiese y contrajese para poder avanzar.

El silencio que me rodea es absoluto, no puedo escuchar ni el más mínimo ruido. Parece que me hubiera quedado sorda de repente. Tampoco soy capaz de articular palabra, sorda y muda en un océano inmenso donde floto dentro de las aguas.

La sensación es maravillosa, no podría describirla de otra manera. Es como si, de un momento a otro, hubiera conseguido alcanzar la calma que tanto he ansiado durante toda mi vida. La paz que puedo percibir es intensa, muy intensa, extraordinaria. Me siento bien, mejor de lo que nunca antes me había sentido.

Debo de estar inmersa en un plácido sueño, mientras floto, floto, floto… No quiero despertar, no quiero abandonar este sosiego que alcanza todos los rincones de mi alma y de mi maltrecho corazón. Solo quiero seguir flotando y dejarme llevar, a la deriva, ser arrastrada por las corrientes submarinas con mis compañeras las medusas. En estos momentos, en los que llego a alcanzar lo que deben sentir, he de reconocer que siento envidia hacia ellas. Las tengo envidia por poder disfrutar de esta maravillosa sensación a diario, durante cada segundo de su vida. Me gustaría tanto poder seguir flotando de esta manera para siempre…

Durante un instante algo perturba mi calma. Debe de ser la alarma del despertador, que anuncia implacable la llegada de un tedioso lunes más. Intento hacerle caso omiso, pero el sonido me resulta tan estridente que me siento incapaz de seguir ignorándolo. Intento abrir los ojos, pero el esfuerzo que necesito realizar para ello es demasiado grande. A duras penas, lo consigo.

La alarma sigue sonando, pero no hay nadie que la apague. Ya no me molesta, pues sigo flotando igual que lo hacía en mi sueño. El único matiz es que no es un sueño, es real. Floto y floto, mientras mi cuerpo inerte yace inmóvil en mi cama revuelta. Sonrío para mis adentros, la alarma se difumina cada vez más y yo solo me dejo llevar, cada vez más lejos, cada vez más alto, flotando en la más absoluta de las calmas.

No es un sueño, es la calma la que maneja mi existencia desierta. Ahora seguiré flotando durante toda la eternidad.

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