Mi último escrito por Ana Centellas

MI ÚLTIMO ESCRITO

Sábado. Llevo toda la semana sumida en la desidia y ni una sola palabra coherente ha conseguido escapar de mi cerebro aturdido por el calor. Solo me quedan dos días para enviar mi colaboración con el más importante de mis clientes y aún no he sido capaz de escribir nada. ¿Estaré perdiendo facultades? ¿Será la edad? ¿O tan solo será este maldito calor del mes de julio que mantiene atrofiada mi capacidad creativa? Espero que sea esto último porque si no, estoy perdida. Sí, como lo oís, literalmente perdida. Jamás me había ocurrido algo así y mi parte victimista no puede evitar regodearse en la desesperación y centrarse en un único pensamiento: ¿por qué a mí?

Bueno, no seamos tremendistas. Aún quedan dos días, cuarenta y ocho horas completas para poder realizar mi trabajo como de costumbre. ¿Desde cuándo mi pensamiento es tan negativo como para llegar a decir «solo quedan dos días»? No, aún quedan dos días. Mucho mejor. Mi mente parece despejarse ante esta idea. Seguro que un café la ayuda un poco con la tarea.

Cinco horas. Ya han pasado cinco horas desde que me senté frente a mi fiel máquina de escribir. Cinco horas que he pasado divagando, fumando y perdiéndome en los rincones más recónditos de mi mente. Mi estómago reclama comida, seguro que de esa manera cuerpo y mente se sincronizan de una vez por todas y se dedican a realizar lo que llevo días pidiéndoles con tanto ahínco, así que hago un alto en el camino y se la doy. El problema es que, tras ello, la conjunción de alimento y calor me lleva a sumirme en un sopor irresistible. «Una siesta me vendrá bien», pienso, «seguro que me levanto descansada y con la mente despejada». No puedo evitar una sonrisa mientras me dejo llevar en volandas a los cálidos brazos de Morfeo.

¡No me lo puedo creer! ¿Qué es lo que ha ocurrido? El reloj de mi cuarto marca orgulloso las ocho de la tarde. Creo incluso llegar a ver en él una mueca de burla hacia mí. Por un momento, no recuerdo ni siquiera quién soy, ni el día que es, ni el trabajo que tengo pendiente. Sobresalto. La máquina de escribir continúa sobre la mesa, con la misma página en blanco colocada en la misma posición exacta que cuando la dejé, después de los intentos de la mañana. «¿Tú también te estás burlando de mí?», le pregunto con ironía. Por alguna extraña razón, ahora me parece más altiva, lejana, inalcanzable.

En una hora he quedado con mi grupo de amigos. Seguro que me viene bien salir, un poco de distracción siempre hace bien al cerebro y, con total seguridad, mañana estaré en las condiciones idóneas para realizar el trabajo. Me doy una ducha, recreándome en las sensaciones purificadoras del agua cayendo sobre mi piel. En estos momentos podría decir que no me había sentido mejor en toda la semana que ya he dejado atrás. Me recojo el pelo en un moño alto, bien tirante, sofisticado, como a mí me gusta. El vestido negro que me sienta tan bien será una apuesta segura para ganar confianza en mí misma esta noche y mañana estar en pleno uso de mis facultades. ¡Ah! Y los zapatos de tacón son imprescindibles para alcanzar el resultado deseado.

Me maquillo con sutileza y aplico unas gotas del perfume que tanto me gusta. Lista. Aún tengo diez minutos para llegar al lugar acordado. Vuelvo a entrar en mi dormitorio para escoger el bolso que me acompañará esta noche y mi mirada se fija inevitablemente en la máquina de escribir que, como no podía ser de otra manera, continúa en la misma posición, desafiante. Me siento tan fresca que no puedo evitar dirigirme hacia ella e intentar rasgar las primeras palabras de la magnífica historia que mostrará mañana.

Creo que no he llegado a ser consciente del embrujo al que me ha sometido, pero cuando quiero darme cuenta estoy sentada sobre el suelo de madera, intentando plasmar unas palabras con un mínimo de coherencia. Decenas de hojas de papel arrugadas se extienden en torno a mí y el teléfono móvil, sobre la mesa, suena con insistencia. Ya es noche cerrada, ni tan siquiera me molesto en comprobar la hora, cuando menos de contestar el dichoso teléfono que no para de inundar la habitación con su sonido estridente.

Compruebo con lástima que el último carrete de tinta está a punto de terminar. Cuando llegue a su fin, ya no podré volverme a sentar ante mi querida máquina y sentir la calidez de las teclas bajo mis dedos. En un arrebato de locura, me hago la promesa de no volver a escribir si no consigo, no ya comenzar, sino terminar mi historia con este último carrete.

El amanecer me sorprende en la misma posición, sentada sobre el suelo, mientras la cantidad de hojas arrebujadas, inservibles, crece a mi alrededor. Cuando, ya al comienzo de un nuevo anochecer, se finaliza aquel viejo carrete, quedo rendida sobre el suelo, empapada en las lágrimas que me provoca saber que no he logrado ni siquiera comenzar mi último escrito.

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