Momentos de reflexión por Ana Centellas

Imagen: Pixabay.com (editada)

 

MOMENTOS DE REFLEXIÓN

Mientras camino por la solitaria playa en este mes de enero, me asaltan las dudas, que parecen estar escondidas debajo de cada fino grano de arena de esta infinita costa que se extiende ante mí. Siempre me ocurre lo mismo, cuando estoy en soledad, esa soledad querida, buscada y necesitada en la que todos nos refugiamos en algún momento, parece como si algún mecanismo se activase en mi mente y comienzo a cuestionarme todo.

Las dudas vienen con el viento, que juguetón enreda mis cabellos y hace que me suba la cremallera de la chaqueta para que no se cuele por ninguna rendija más. Pero sí consigue colarse en el interior de mi cuadriculada mente, poniendo patas arriba lo que hacía solo unos minutos parecía estar en completo orden. Y es entonces cuando me asaltan las dudas, desorganizadas, posesivas, amenazantes.

Reconozco que me hace bien sentirme así de vez en cuando. Hay veces que me encierro en mi dormitorio, en silencio, y llegan como un murmullo lejano que poco a poco se escucha con mayor nitidez en mi cerebro. Otras, salgo al parque que hay cerca de mi casa. Esto me gusta hacerlo especialmente en los días de lluvia, cuando no hay niños jugando y gritando y solo se puede escuchar el tintineo de la lluvia al caer sobre las hojas de los árboles. Miro al cielo y cada gota que se derrama sobre mi cara la siento como un bombardeo que cala hasta mi profuso cerebro, haciendo que se ponga en funcionamiento después de un periodo de letargo.

Otras veces, como hoy, salgo a pasear por la playa, disfrutando del privilegio de vivir en una pequeña ciudad costera. Esto lo reservo para los meses de invierno, en los que días tales como hoy parecería un verdadero desierto de no ser por el mar en calma que llega hasta la orilla. Apenas me cruzo con un par de personas en mi camino. Es entonces, entre la arena, el viento y el salitre, cuando mi cabeza comienza a girar y girar, saliendo de esta dimensión para entrar en otra alternativa, en la que no deja de pensar.

Veo los millones de diminutos granos de arena que se agolpan a mi alrededor y no puedo menos que pensar que solo soy como uno de ellos. Una pequeña partícula, como una insignificante mota de polvo en la inmensidad. Tales pensamientos son los que cruzan hoy por mi mente durante mi paseo en soledad. De pronto, mis pies descalzos se topan con algo que me daña. Me detengo y tomo entre mis manos una minúscula concha que el mar ha dejado varada entre la arena. Un elemento diferente, una nota discordante entre la multitud.

La coloco entre mis dedos y mi mente se relaja. La conclusión de hoy ha llegado por fin. Se acabaron las dudas en esta fría mañana de invierno. No soy una partícula de arena más, soy algo más grande, yo misma, diferente y única. Soy como esa pequeña concha que intenta sobrevivir en un desierto de arena.

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