Moscas, moscas y más moscas por Ricardo Zamorano

Los zumbidos son constantes. Pero también el olor.

No sé cuánto tiempo llevo aquí, no sé el tiempo que he estado dormido o inconsciente antes de despertar. Por no saber, no sé ni dónde estoy. Solo sé que lo que hay dentro de mi campo de visión es el cielo, aunque lo vea de un sucio morado. También sé que algo me pasa en la mitad izquierda de mi cara, porque no la siento.

Ahora imagino que esto fue lo que experimentó mi hermano allá por 1920, cuando solo teníamos ocho años él y once yo. Ese día se dio cuenta que jugar con los avisperos no era nada divertido. Al igual que con el fuego, podías quemarte, o en este caso, un enjambre de avispas podía picarte. Y así ocurrió. El lado derecho de su cara fue la parte más afectada. Quedó tan hinchado como un animal que lleva demasiado tiempo muerto en medio de un camino y al sol. El médico del pueblo le puso una inyección enorme en el culo en su sucia casa, lugar utilizado también como clínica. Milagrosamente no se le infectó más (la aguja debía de estar limpia, al contrario de lo que mi perversa mente infantil pensaba) y la hinchazón fue desapareciendo gradualmente. A la semana siguiente, mi hermano ya sentía la cara.

Ahora, a mis veintisiete años, al mismo tiempo que me pregunto cómo es posible que recuerde ese y otros momentos de mi vida con tanta claridad y detalles y no el cómo he llegado a esta situación, me digo a mí mismo que no, chaval, que seguramente lo que te ocurre en la cara a ti, no se curará con una inyección en el culo. Y que solo hay una solución para ello. Y que esa solución sostiene una guadaña y viste de negro.

Así, tan oscuras como mis pensamientos sobre mi futuro, aparecen las causantes de los zumbidos ante mi campo de visión, moteando el cielo teñido de —lo que me temo— sangre. Sangre reseca en mi cara y ojos.

Moscas. Pero no una ni dos. Por la intensidad del sonido son cientos de ellas. Llega un momento en que ni siquiera puedo ver ya el cielo; lo único que hay ante mí son moscas, moscas y más moscas. Una enorme nube grande y móvil. Más de una vez me he preguntado si estarán posándose en mi cuerpo, porque ya ni siquiera siento nada de torso para abajo, de cintura para abajo, o en el lado derecho de la cara. Me pregunto si se estarán alimentando de lo que sea que tengo en la cara. De lo que produjo tal cantidad de sangre como para nublarme la vista y dejarme inconsciente y sin movilidad. Y no solo eso. Aquello que me ha dejado en este estado también me ha anulado el sentido del tacto, y ahora desearía que me anulara el resto de sentidos. Los ojos puedo cerrarlos, pero los oídos y la nariz no. El zumbido me está volviendo loco, me confunde aún más de lo que ya estoy, y el olor… El olor es algo indescriptible, y lo peor es que gracias a él soy mínimamente consciente del paso del tiempo. Cada vez es más fuerte y nauseabundo.

Y ahora, cuando el zumbido se ha vuelto algo tan monótono como el tic tac de un reloj, cuando el hedor se ha pegado a mis fosas nasales, me pregunto por primera vez qué demonios ha pasado. Cómo he llegado a esa situación. Y mi mundo se reduce únicamente a dos deseos. O una respuesta, o la muerte inmediata.

Y como si Dios o el Demonio o La Parca o quien coño sea el dueño de esta mierda redonda y azul me hubiera escuchado, se cumple mi deseo. Pero no solo uno de ellos, sino los dos a la vez.

Una voz, áspera, grave, que juraría que me ha hecho temblar, ha despertado los recuerdos recientes que se habían perdido en una bala. De ese modo, mi pregunta es respondida. Y uno de mis deseos cumplido.

Dos bandos. Dos filas. Hombres armados. Hombres arrodillados. Órdenes. Estruendo de pólvora. Dolor. Oscuridad.

Antes de que se proyecte en mi mente el lugar en el que estoy tirado como un perro, aparece en mi campo de visión, y entre las moscas ahora más dispersas, la figura de un hombre. Está situado mucho más alto y algo más alejado de donde estoy yo. Solo le veo de rodillas para arriba. El resto queda por debajo de mis ojos.

Sé que es el dueño de esa voz que me aterroriza, aunque no entiendo por qué le temo si ya estoy muerto. Lo sé porque lo reconozco de los momentos antes a esta masacre. Pero eso no importa, es uno de miles. Su uniforme verde y su repugnante gorro son inconfundibles.

—Vaya, parece que aquí la bala se desvió de rumbo —dice a carcajada limpia al tiempo que saca una pistola de su cinturón y cumple mi otro deseo.

Ricardo Zamorano
Ilustración realizada por Ricardo Zamorano

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