Mundo de Sangre y Cenizas, Capítulo 23 por Rain Cross

Capítulo 23

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En tres días lo tuvieron todo listo; las mochilas descansaban apoyadas contra la pared cerca de la ventana de huida, tenían varias armas que habían encontrado Tim, Liam, Anna y Lena en el pueblo antes de ir a la casa de Ted y tenían el coche con el que su hermano las había traído cuando llegaron de Londres en perfectas condiciones en el garaje. Irían apretados, pero así se ahorrarían un buen trozo de camino.

Al principio dudaron en si ir caminando o con el vehículo, pero se decantaron por la segunda opción ya que se sentirían más seguros dentro de un coche.

Claire, Sophia y Ted repartieron todas las provisiones en varias mochilas equitativamente; así si alguien debía separarse del grupo, podría sobrevivir con lo que tenían en ella. También habían añadido un cuchillo, linternas y artículos de primeros auxilios.

En la nevera ya no les quedaban productos frescos, y los últimos que habían consumido empezaban a estar en mal estado. Aún tenían agua, Ted explicó que la que llegaba a su hogar era de un pozo en las afueras, y en Maine llovía lo suficiente a lo largo del año para que siempre estuviera siempre lleno.

La convivencia había sido buena. Ted agradecía la compañía, ya que después de estar varios días en la cama, el estar ocupado le devolvía las ganas de bromear. Sophia no hablaba demasiado con los demás, sólo con Claire y Lena. Victoria había hecho muy buenas migas con Thomas, y estaban todo el día jugando juntos. Lena le había dicho a Claire que antes que el apocalipsis zombi llegara, los dos tenían una hermana pequeña y que Victoria les recordaba a ella.

A Tim le gustaba tener todo bajo control y cada noche repasaba el plan de escape con el resto en busca de algún cabo suelto. Anna se había convertido en su mano derecha y cada vez hablaba más con el resto. Una noche, mientras comprobaban que no habían nuevos visitantes en el hueco de la verja, le había explicado a Claire que extrañaba a Emily, la joven que había muerto cuando llegaron a la casa; habían estado muy unidas desde que tuvieron que atrincherarse en el hostal, y que no quería encariñarse con nadie más.

Claire lo comprendía. Ella tenía a sus hermanos, a los que quería con todo su corazón, y temía el día en que les perdiera.

Liam ayudaba en todo lo que podía, y al igual que Ted, intentaba levantar la moral de todos en los momentos de duda.

Cada día se unían más zombis al grupo de la entrada, los cuales aporreaban la verja con un ruido rítmico que les perturbaba el sueño.

Claire había tendido pesadillas; y no era la única. Por las mañanas, compartían los recuerdos que tenían de la noche anterior y todos coincidían en algo: los zombis conseguían derribar la puerta y los devoraban vivos.

Los días pasaron rápidamente y todos trataban de recuperar la rutina perdida por culpa de los muertos. Ninguno sabía el por qué había ocurrido todo y discutieron largo y tendido sobre las informaciones que habían escuchado cada uno en los diferentes medios de comunicación antes de que dejasen de emitir, pero no había nada claro, solo que un buen día los muertos se alzaron y empezaron a aniquilar a los vivos.

Quedaban ya dos días para que salieran al exterior y se enfrentaran al destrozado mundo. Claire seguía durmiendo en el despacho de Ted, casi se había acostumbrado a levantarse con dolor de espalda, pero aquella noche su hermano le dijo que durmiera en su cama.

—Quiero hablar con Tim sobre el plan que tenemos —dijo sonriendo—. Pero sólo por esta noche, ya sabes que debo recuperarme del todo o seré un lastre para el grupo.

Claire agradeció el gesto y se acurrucó entre las mantas. Se sentía a gusto, y por unos instantes tuvo la tentación de decir al resto de quedarse en la casa hasta el final, pero sabía que no era buena idea.

A pesar de las comodidades, de nuevo las pesadillas la acecharon. En ellas, acababa envuelta en una mar de manos y dientes que la despedazaban. Se despertó varias veces jadeando, y tuvo que asegurarse de que estaba a salvo en la habitación de Ted.

Decidió levantarse y bajó al salón. Allí estaban Ted, Liam, Tim y Anna repasando el plan por décima vez.

—No puedes dormir, ¿eh? —dijo Liam al verla acercarse a ellos.

—No —dijo y se sentó en la butaca frente al resto—. Pesadillas, para variar.

—Conozco esa sensación —comentó Tim—. Creo que por eso tenemos estas reuniones nocturnas.

—Cierto —asintió Anna—. Espero que con el tiempo nos acostumbremos a esto, ya que dudo que todo vuelva a ser como antes.

—Es triste pensar así —dijo Claire—. A ver si encontramos un buen sitio en donde podamos estar a salvo e intentar llevar una vida lo más normal posible.

—Eso nos gustaría a todos, Claire, pero será difícil que pase. El mundo se ha ido a la mierda —dijo Tim.

—Pero estaría bien —Liam sonrió—. Normalidad dentro de lo anormal.

—Vida dentro de la muerte —añadió Claire—. Sé que no va a ser fácil, pero no es imposible. Dios, si estuviéramos en Inglaterra podríamos refugiarnos en un castillo medieval de grandes murallas.

—Bueno, aquí también tenemos algunos edificios sólidos. Sólo hay que buscarlos —dijo Tim.

—Pues manos a la obra, ¿no? —Claire miró el mapa.

—Algunas universidades tienen grandes muros. Lo malo es saber si hay muchos zombis y en las condiciones en que se encuentran.

—Es mejor pensar que hay muchos zombis en todos lados —aseguró Claire—. Será más fácil y así iremos con más cuidado.

—Tienes razón —Tim se rascó la cabeza—. Bien, primero iremos a la urbanización que dijo Lena en las afueras con el coche. Allí podríamos descansar unos días más y conseguir otro coche, o dos. Así no iremos como si estuviéramos dentro de una lata de sardinas.

—Seguro que habrá alguno —dijo Ted.

—Bueno, si la gente ha huido del lugar, se habrán llevado los vehículos —Claire cruzó los brazos sobre el pecho.

—Eso es cierto —dijo Liam—, pero no hay que perder la esperanza.

—Ya, ya, es muy bonito tener esperanzas, pero hay que ser realistas y no dejarse llevar con suposiciones. No si nos va la vida en ello —Tim no apartaba los ojos del mapa.

—Eres la alegría de la huerta —Liam entornó los ojos—. Pero tienes razón.

Siguieron hablando del plan, y decidieron que después de la urbanización, intentarían llegar a la universidad de Maine, en Orono.

Les dijeron las novedades a Sophia y Lena a la mañana siguiente, y las dos mujeres estuvieron de acuerdo.

En los dos días antes de la partida, el nerviosismo empezaba a llenar el ambiente. Cada día repasaban los planes de huída.

Pero a pesar de tenerlo todo claro, la mañana anterior al día elegido, empezaron las dudas.

—¿Y si nos quedamos un poco más? —dijo Anna en el desayuno—. Puede que la verja aguante.

—No podemos quedarnos para siempre, Anna —contestó Tim—. Sé que todos estamos muy cómodos aquí, y nada me gustaría más que seguir durmiendo en ese mullido sofá, pero si no nos marchamos, puede que llegue un día en que sea demasiado tarde.

Anna miró el cuenco de cereales sin leche apenada y no dijo nada más. En la verja, un centenar de zombis zarandeaban la puerta intentando derribarla.

Durante el día comprobaron que todo estuviera preparado. Tim y Claire revisaron el hueco por donde hacía ya más de una semana, cinco zombis habían conseguido entrar; todo estaba en orden.

—¿Estás preparada? —preguntó Tim mientras caminaban hacia la puerta de la casa.

—Bueno, es algo que tenemos que hacer —contestó Claire con resignación.

—Ya.

La noche fue algo ajetreada. Les dijeron a Victoria y a Thomas que debían partir, y ninguno de los dos niños quería marcharse de allí.

—Pero papá está en el jardín —dijo Victoria a su madre con lágrimas—. No quiero que se quede solo.

—Lo sé, cariño, pero es por nuestro bien. Además, papá vendrá con nosotras. Lo tenemos en nuestro corazón, por lo que estará siempre a nuestro lado —Sophia le hablaba con dulzura.

La niña pataleó, lloró y gritó, pero finalmente Sophia logró calmarla con un cuento. Lena habló con Thomas en privado, y parecía entender el por qué de la partida.

Después de cenar algo ligero, se fueron a dormir para poder levantarse temprano. Se irían sobre las diez de la mañana para no volver.

Claire fue al despacho de Ted y miró con los prismáticos por última vez; los zombis no dejaban de acercarse a la casa.

Había empezado a llover el día anterior, y Maine le recordó a Londres. «Lluvia y frío. Es como si estuviera en casa.»

—¿Interrumpo? —La voz de Sophia le llegó desde la entrada de la habitación.

—No —contestó escuetamente.

—Estoy nerviosa, Claire —dijo su hermana—. No sé si podremos conseguirlo.

—Lo haremos, eso no lo dudes —Claire sonrió a su hermana.

—¿Quieres dormir con nosotras ésta noche? Ya que va a ser la última, al menos que duermas en una cama.

—Claro, Soph.

Fueron a la habitación. Victoria dormía placidamente abrazada a su oso de peluche. Las dos hermanas se metieron en la cama, dejando a la niña entre ellas.

—No os pasará nada —susurró mirando a Sophia a los ojos—. Te lo prometo.

Su hermana sonrió y cerró los ojos.

Claire intentó dormir, pero no pudo. Soñó con que la devoraban viva, con que el coche no funcionaba y quedaban atrapados en medio de una marabunta de muertos sedientos de carne.

Al día siguiente debían enfrentarse a los horrores que el mundo de sangre y muerte les tenía preparado.

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