Sin glorias por Ana Centellas

SIN GLORIAS

Conocía la pista de atletismo como si de la palma de su propia mano se tratase. Eran años ya los que había empleado en los duros entrenos en ella. Tal era el conocimiento que había desarrollado del lugar, que era capaz de identificar en cada curva la zona exacta en la que la pisada era más firme, en qué lugares había más posibilidades de resbalar e incluso el emplazamiento exacto de aquellos pequeños baches que se habían ido modelando mes tras mes de un inagotable trotar sobre la pista.

Aquella mañana el día lucía resplandeciente. Parecía querer mostrar el mejor de los presagios para aquella especie de bautismo que se iba a celebrar. No había nube alguna que cubriese el cielo, como si todas se hubiesen batido en retirada para permitir festejar aquel día a aquellos que ya habían partido más allá de su altura. Gustavo miró hacia arriba, mientras cubría con una mano sus ojos desprotegidos del brillante sol de principios de primavera, e imaginó el rostro de su padre observándole con orgullo. Si por alguien estaba allí aquel día era por él. Él fue el que le hizo amar aquel deporte, el que le había llevado a una pista por primera vez, el que había sido su primer entrenador cuando aún era un crío.

Deslizó la mirada con parsimonia hacia las gradas. Era increíble contemplar el estadio a rebosar desde allí abajo. Por primera vez en todos los años que llevaba asistiendo, el completo parecía asegurado. Se respiraba fiesta en el ambiente con toda aquella muchedumbre alborozada que esperaba con entusiasmo el comienzo de la carrera. Su primera carrera. Todos los años de entrenamiento parecía que habían dado sus frutos y el entrenador había decidido que ya estaba listo para competir. Y allí estaba, contemplando los graderíos desde la pista, mientras calentaba los músculos con calma, como si aquel día no se tratase más que de un entrenamiento habitual.

A pie de pista, su familia le jaleaba. Gritaban sus voces de ánimo al aire como si en verdad fuesen a llegar hasta sus oídos, aturdidos por el gentío, la música y la megafonía del evento. Su entrenador permanecía a su lado, demostrándole su apoyo con clamores que anunciaban victoria. Cuando miró hacia el frente, aquella pista tantas veces recorrida por las suelas de cientos de zapatillas, apareció ante él como una extraña. A pesar de haberla transitado con seguridad en millones de ocasiones, de día y de noche, con frío y bajo un sol abrasador; a pesar de conocer cada mínima irregularidad del terreno a aquellas alturas de la temporada, la sentía diferente. No la encontraba acogedora como siempre que acudía a entrenar, sino ardua e inaccesible.

Torció el gesto con un ademán de desagrado y dirigió la mirada hacia su entrenador. Al fondo, la muchedumbre seguía con su algazara como si algo no se estuviese rompiendo en su interior. Observó durante unos segundos a un grupo de niños que le miraban con admiración, entre risas, y les devolvió la sonrisa junto con un guiño. Nunca olvidaría la cara de su entrenador cuando le vio abandonar la pista a tan solo unos minutos para que diese comienzo la carrera. Apenas media hora antes le había dicho al oído que sería una gloria. Pero él no quería glorias. Solo quería continuar corriendo como hasta ahora lo había hecho, sin presiones, solo por el placer de hacerlo. Y, quizás, poder entrenar a un grupo de chiquillos como aquel.

Esto puede interesarte también

Deja un comentario