“SONREÍR ES LUCHAR” por Sara Ramírez Sánchez.

“SONREÍR ES LUCHAR”

En un poblado de África vivía un niño de ocho años llamado Babú. Pasaba todos los días jugando con sus amigos y con los animales; pero su gran deseo era poder aprender a leer, mas en un poblado como el suyo no había escuelas.

Un día, encontró un cuento que habían dejado abandonado los hijos de unos turistas y, desde entonces, soñaba con poder leerlo.

Una noche, en uno de sus sueños, vio un duende que le indicaba una cueva donde hallaría un tesoro. Babú se despertó y decidió que a la mañana siguiente emprendería el viaje en busca de su tesoro, en busca de un profesor para él y sus amigos.

Al día siguiente, sin decir nada a sus padres, preparó su mochila y salió de su casita; “nada me detendrá”, pensó mientras salía a escondillas, “encontraré mi tesoro”.

Estuvo caminando durante todo el día y no encontró a nadie. Al atardecer, pensó en volver a casa, pero en ese instante vislumbró la figura de un lindo conejito. Se quedó sorprendido por la belleza de aquel conejo y empezó a correr tras él, pero su asombro aumentó cuando aquel conejito se dirigió hacia él y le dijo:

-Babú, conozco tu sueño, el señor duende me lo ha contado. Yo te ayudaré a encontrar el camino. Ven, esta noche dormiremos en esta cueva.

-¡Vale!-gritó entusiasmado-, ¡por fin tengo un nuevo amigo!

Al salir el sol, se levantaron y se pusieron en marcha. Caminaron durante más de cinco horas hasta llegar a una enorme cascada.

-Allí está mi amigo el ciervo, él sabe cómo llegar al lugar que estamos buscando-dijo el conejo mientras señalaba hacia la cima de la cascada-. ¡Vamos!

Llegaron arriba y el ciervo les saludó:

-Hola, debéis estar agotados.

-Sí-respondió Babú-, hemos andado durante mucho tiempo.

-Vamos al interior de la cascada, allí hay una gruta donde podremos descansar, pues el camino es largo.

Tras un breve descanso, prosiguieron el viaje. Caminaron durante cinco días y, al sexto, se encontraron con una niña.

-¿Quién eres tú?-le preguntó Babú-.

-Me llamo Nica, ¿y tú?

-Babú, y éstos son mis amigos. ¿Qué haces en estos lugares tan alejados?

-Soy tu hada guardiana y mi misión es conduciros al hada de la caverna; pero hay una condición: tenéis que separaros aquí, no podéis seguir juntos.

-¡Ni pensarlo!-farfulló Babú-. Todos mis amigos me han sido fieles y me han ayudado, no voy a defraudarles. Tenemos que ir juntos.

-Tú decides: dejar a tus amigos o cumplir tu sueño.

-En ese caso, elijo seguir con mis amigos. Si para cumplir mi sueño tengo que dejarlos, renuncio a él.

-Respuesta correcta-le dijo el hada-. Has preferido la amistad de tus amigos antes que tu propio deseo. Venid, os conduciré al lugar indicado.

Atravesaron un largo pasadizo, cruzaron un río a nado y, finalmente, llegaron al país de las hadas. Babú estaba muy contento, “sólo por ver este bello paisaje, ha merecido la pena todo mi esfuerzo”, pensó.

-Entrad por esta puerta-les ordenó la guardiana-, el hada de los deseos os está esperando.

 

-Has venido desde muy lejos-le dijo el hada de los deseos a Babú- y has hecho muchos amigos en tu camino. Por eso, te concederé un deseo. Piensa bien lo que quieres.

-Yo solo quiero aprender a leer y a escribir, y que los niños de mi pueblo también puedan hacerlo.

-También puedo ofrecerte riquezas y fortuna si quieres, solamente de ver pedírmelo.

-El mejor tesoro es aprender, ser más listo cada día.

-Has sabido elegir bien tu deseo-contestó al hada-, te lo concederé. Cuando despiertes mañana, estará en tu poblado y tu deseo se habrá cumplido, pero no recordarás esta aventura.

 

Al día siguiente, cuando Babú despertó de su sueño, su padre le anunció la gran noticia de que una profesora había llegado al poblado para dar clases a los niños. En ese momento, aquel niño de ocho años se puso tan feliz que abrazó a su padre y se marchó corriendo para ser el primero que llegara a la escuela.

 

 

 

 

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