En blanco y negro por Ana Gutiérrez

Buscamos en la vida el eco de nuestro refugio interno. Sin retorno, sin demora, sin respiración, sin tiempo. Y corren rápidas las hojas. Rompen fuertes las olas. El viento. Los cinco elementos. Y miramos al pasado como si nos estuviésemos mirando en un espejo. Y retrocedemos. Con su especial y esencial vértigo. Es ahí cuando conectamos con nuestros recuerdos olvidados sin importar que recordar nos vaya a dar demasiado miedo. Y como el brillo de un relámpago, sin demora, los recuerdos recorren cada recodo de tu yo pasado como si irrumpiera en ti un inmenso estruendo. Y al regreso, mientras tú no estabas, las horas de este espacio modifican los colores por el blanco y el negro. Y ya no nos reconocemos. Pero aprehendemos. Quizá a no voltearnos más. O tal vez, a no dejar nunca de querer hacerlo. Y es que, una vez que te has ido y has experimentado nuevamente el calor del fuego, aunque te haya quemado, da demasiado respeto tener que saber reconducir nuevamente el vuelo..

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La vida y el tiempo por Cristino Vidal

La vida se desangra lentamente y sobre todo en los primeros años, en los que todavía desengaños no dañan los dominios de la mente, o al menos fagocita el subconsciente al no tener mucha entidad los daños y no aumentan por eso los peldaños, pues se alejan sin ruido y de repente. Después nos llega un punto de inflexión tornándose la suerte y se acelera de tal modo, que baja la escalera pasando decidida el malecón y si antes fueron siglos los minutos, luego serán los meses diminutos. Entre los atributos que Dios donó a los hombres, no figura que puedan evitar esta tortura. Si te gusta la poesía, particularmente los sonetos, no dejes de visitar mi blog, donde tienes en abundancia: http://cristinovidal.wordpress.com/

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Cupido fantasma por Haruna Kisaragi Kontong

No pensé verte por un buen tiempo. No después de la pelea que causó nuestra separación. Por eso decidí irme. Me subí al primer avión que salía. No me fijé en el destino. Sólo me quise ir. Así fue como me encontré en tierras ajenas. Salí de excursión hacia algún poblado muy lejos de la ciudad, prácticamente en la selva. Pensaba en esa inmaculada cama de hotel tan suave y pulcra que me esperaba a mi regreso cuando un terremoto inició. Varios de los edificios a mi alrededor se desplomaron, las comunicaciones se cortaron. Los que sobrevivimos tratamos de rescatar al puñado de gente que se encontraba bajo las ruinas. Todo antes que llegara la ayuda. Pasaron dos días, y nadie llegaba. Encontré una casa aún más lejana, en una montaña. En ella vivía un hombre ya anciano quien no quiso dejar su inestable casa. Son los recuerdos, me dijo, eso no lo pienso abandonar así sin más. Guardaba en varias jaulas especies exóticas. Muchas debían ser de dudosa procedencia. Por qué no las liberó, me pregunté. Así no tendría qué cuidar… Sin previo aviso, me dio agua y comida. Me indicó de un pozo unos metros tras su casa […]

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