Un árbol por J.D. Arias

Todo parece indicar que mi existencia es similar a la de un árbol, uno en medio de un bosque donde se escuchan distintos sonidos, unos más fuertes que otros. Unos, minucias como el batir de las alas de un insecto, otras, alaridos de animales agonizantes o de dos especímenes llenos de ira que no hacen más que luchar entre sí.

No me des chance de irme del tema. Soy un árbol aparentemente fuerte, que lleva creciendo durante años y que ahora, si lo quisiera, podría dar frutos ―lo cual, evidentemente, no se atreve ni a imaginar―, un árbol que está a medio camino entre los más ansíanos y los más jóvenes, que se cree fuerte, pero aun no le da por completo la luz del sol.

Un objeto estático en el paisaje, que pasa desapercibido como algo que debe estar allí, y que, ante todo, no sabe cómo ha logrado desarrollarse con los años, supone que ha hecho lo que se le da naturalmente, algunos de esos humanos con batas dirían que hace un complejo procedimiento químico y molecular con el que extrae energía del sol y bla bla bla… No, el árbol no es consciente de ello, solo, lo hace.

Y entonces todos lo alaban como algo que tiene que estar presente allí, inamovible, alguien que hace un trabajo tal, que ojalá los humanos pudieran hacerlo.

Pero el árbol está allí y jamás se moverá de ese lugar, está anclado con sus raíces a la tierra ―a sus ideas―, que filtran todo su mundo. Esto no es la tierra media o Narnia por donde los arboles viven como quieren, este es el pútrido mundo que los humanos han delimitado como real. El árbol está anclado a sus limitaciones.

Es el que observa como las cosas cambian en su bosque, el que se hace amigo de las ardillas y los pajarillos que viven en él y que, por un momento, le hacen sentir que no está vacío por dentro, pero si ellos no están, debe concentrarse en su fotosíntesis. Sin embargo, suele ser que, en aquellos momentos, la tierra se vuelve fangosa y todo se mezcla, y la lluvia inunda el bosque, entonces el árbol se siente perdido, inútil ―vamos, que en el mundo ya hay muchos árboles que hacen lo mismo―. Antes le gustaba pensar que sería especial, que lo que hacía, según los tipos de bata, era fabuloso, pero ya muchos lo hacen. ¿Qué puede hacer él, un mísero árbol, para alcanzar a las secuoyas?

Y al final de todo, al igual que los árboles, terminan pudriéndose lentamente desde adentro, hasta que un rayo o un animal rabioso lo parta, y acabe con la enfermedad que lo mata por dentro, a la vez que acaba con él. Y solo en ese entonces, cuando el árbol caiga y el ruido acalle a los demás sonidos del bosque por un tiempo, los animales pararan de aullar y demostrará pesar, aunque no sepan cómo era que funcionaba aquel árbol.

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