Un rostro azul por Asilo Oscuro

Era la tercera taza de café. El cielo nublado parecía decirme que tal vez no vendría. Añoraba ese sabor a nicotina con la que muchas veces satisfice mi ansiedad, pero ya eran muchos años los que la había dejado atrás. El encuentro había sido un pacto casi secreto.

Volví a revisar mi reloj y los minutos parecían eones pues las manecillas solo habían recorrido unos cuantos radios. Respiré hondo y con lo poco que me había quedado de dignidad comencé a levantarme. En ese instante, el mesero se acercó diciéndome:

  • Le envían esta copa de whisky, señor.

Extrañado, pregunté quién había sido y señalándome a una bella rubia me explicó que llevaba rato indagando sobre lo que estaba bebiendo pero que había pensado que necesitaba otra cosa. Me acerqué mirándola fijamente, mientras tomaba un sorbo.  Tenía una largas y bien torneadas piernas, un voluptuoso busto y una sonrisa pícara que le hacía una maravillosa oportunidad.

Sin ningún tipo de explicación estábamos en una habitación de hotel, desnudos y empapados de sudor. Era maravillosa y su exquisito aroma me atrapaba para continuar con otro orgasmo embrujador.

De repente, como una visión, vi cómo su rostro se ponía azul y mis manos como se aferraban a su cuello. Sonriendo, pensé en aquella infeliz que me había dejado en ese bar.

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