Una dura infancia por Darío M. Urdiales

Aún recordaba con cierto temor aquellos años de su vida y, siempre que podía, intentaba que su cabeza no volará de vuelta a aquel sufrimiento.

En ese momento, no lo consiguió.

Un estremecimiento recorrió su espalda y las heridas y morados, a pesar de que hacía mucho ya que no los tenía sobre su piel, escocieron como si los acabara de recibir.

Fer-Khali se vio transportada a uno de los peores momentos de su infancia. Uno de los últimos, pero iguales de dolorosos, sobre todo por lo que implicaba emocionalmente para ella.

De pronto, dejó de estar sentada en una roca para estar rodeadas de los hermosos y gloriosos troncos de los ancianos árboles que encapotaban el prado. El aire que respiraba volvía a ser puro, y no aquella mezcla dulzona que emanaban las máquinas de los invasores.

En otra ocasión, lo hubiera disfrutado. Si hubiera sido su versión adulta, se hubiera detenido y tomado una buena bocanada de aquel precioso aire con olor a hierba, mientras escuchaba el trinar de los pájaros. Pero en ese vivido recuerdo, aún no era la mujer en la que había llegado a convertirse.

Con diez anillos, rememoró, no era más que una cría, menuda y débil, con problemas para respirar cuando estaba en algún aprieto. Por ese tiempo, no era capaz ni de correr de la forma apropiada para huir de aquella escoria que la perseguía. Así que no era extraño que se mantuviera escondida entre la maleza cercana a la tribu.

Recordaba con viveza lo encogido que sentía su estómago y la aprehensión en su pecho, que le impedía respirar con calma. Todo era fruto del miedo que sentía al pensar que los hijos del sabio Dye-Mkate hubieran vuelto a pensar en ella.

Dye-Hokte, Cale-Foria y Fer-Pya solían dejarla tranquila cuando pasaba la Lunalia, ciclo en que recibía una paliza de los tres hermanos. Fuera de esos momentos en los que el astro estaba completo, no le causaban demasiados problemas.

La última Lunalia fue apenas diez ciclos atrás y los morados y los cortes de su espalda todavía escocían. La cría que era entonces tenía la esperanza de que los chicos la dejaran en paz hasta la próxima fase de Lunaly, tiempo suficiente como para haberse recuperado, al menos parcialmente, de sus heridas. La mala fortuna le sonrió en aquella ocasión, dado que los brutos parecían haberse aburrido de sus otros variadísimos y muy provechosos entretenimientos. Y claro, cuando eso pasaba, la primera en acudir a sus diminutos cerebros era su mejor amiga, Fer-Khali, que siempre estaba dispuesta a hacerles pasar un buen rato.

¡Vaya! No recordaba haber sufrido esa pequeña pérdida de equilibrio y esa sensación de que todo estaba al revés. Ese mareo estaba fuera de todas las memorias que tenía de aquel momento, pero ahí estaba.

Las consecuencias de ese fugaz desvanecimiento sí que las recordaba. La joven cayó de bruces al suelo. Gruñó al revivir aquel momento. No soportaba lo patética que era por aquel entonces. La chica no se levantó enseguida, sino que se quedó tumbada en la hierba, con los matorrales aplastados debajo de su cuerpo. La niña se retorció y se llevó las manos al estómago, que le dolía más que nunca.

La Fer-Khali actual, como si ese no fuera su propio pasado, la instigaba a que se pusiera en pie y siguiera moviéndose. La pequeña tardó, pero al final consiguió hacerlo. La mala fortuna fue de nuevo su compañera y al incorporarse su cabeza sobresalió de las plantas.

Unos gritos le confirmaron lo que temía: los chicos la habían encontrado. Sin una mísera mirada atrás, comenzó a correr. Era consciente de que no iba a conseguir escapar de ellos, pero no podía rendirse. Otra paliza en tan poco tiempo significaría la muerte.

Fer-Khali, ya incluso con diez años, era mucho más espabilada que la mayoría de los miembros de la aldea, que, para qué engañarse, eran idiotas. No todos, pero casi. Así que la chica, desde muy temprana edad, tenía asumido que su sino era perecer a manos de los más fuertes.

Lo había asumido con resignación, como la lombriz que sabe que, tarde o temprano se convertirá en comida de ave. Ella, como esa lombriz, estaba en la parte más baja… Que digo. No es que estuviera en lo más bajo del escalafón, es que estaba por debajo de eso, enterrada en el desprecio más absoluto.

La naturaleza la había condenado a aquella vida. Pero la resignación no era obstáculo para que se cuestionara el por qué. Desde que tenía uso de razón, siempre había sido así. Siempre se preguntaba sobre lo que los demás daban por hecho. Ese era, entre otros muchos, el motivo por el que la veían como un ser extraño al que estaba permitido maltratar. Era eso, en los momentos en los que su ánimo estaba más bajo, lo que la enfurecía y le hacía plantearse lo injusto que era que la trataran así por motivos que ella no podía cambiar. No pudo elegir su cuerpo al nacer; no pudo elegir el lugar en el que nació.

Por supuesto, nadie se pensaba sobre esas cosas en el poblado. Pero ella sí. Y no solo eso. También se cuestionaba sobre el motivo por el que los dioses otorgaban los dones a quienes se lo otorgaban; las razones por las que las tribus no eran capaces de dejar sus diferencias de lado y dejar de luchar para conseguir avanzar juntas; quién había sido el lumbreras que había decidido que en la aldea debía haber distintos grupos de personas con más o menos privilegios; por qué, en definitiva, no debía poner fin a su sufrimiento.

Recordó, con mucha rabia, los diez escasos anillos que tenía y cómo ninguno de los supuestos adultos movió un solo dedo ante su sufrimiento. Nunca lo hicieron (sus principios se lo impedían, pese a la hipocresía que suponía el basar las acciones en la supervivencia del más fuerte, pero disponer de unos guerreros que protegían a los más privilegiados en caso de ataques) y llegó un momento en que dejó de esperarles.

Estaba sola, y siempre lo estaría.

La Fer-Khali adulta se encogió un poco ante el golpe que sufrió su yo pasado al trastabillar con una rama que sobresalía del suelo y que le hizo caer.

Sintió, como si estuviera allí de nuevo, la rabia, el miedo y la decepción al ver lo poco que había faltado para llegar al manantial. Unos pocos pasos más y hubiera superado el prado para meterse en el agua. Si lo hubiera hecho, hubiera estado a salvo, ya que el manantial era considerado sagrado y no podía verterse sangre en su interior.

Aunque intentó arrastrase, los recuerdos de aquel punto eran tan vividos que, por un momento, se encogió como si hubiera recibido el impacto en el estómago, antes incluso de lo que debía. El mayor de los tres hermanos, el que tenía más cuerpo y el más inteligente de los tres -aunque aquello no era decir demasiado-, le había propinado una patada, con tal fuerza que había conseguido desplazarla varios pasos y paralizarla durante unos angustiosos segundos.

Antes de poder reaccionar de alguna forma, otro de ellos la agarró del largo y oscuro cabello para forzarle a estar erguida y a no moverse. La tenían de rodillas, de forma que no era capaz de resguardarse lo más mínimo de ninguno de los golpes que iba a recibir. Aunque, siendo honesta, no pensaba hacerlo.

Había tenido demasiados encuentros con los tres hermanos como para saber que no debía intentar resistirse de ninguna forma que se le ocurriera. Cualquier mínimo acto de rebeldía por su parte supondría un aumento en la brutalidad de los golpes.

Lo peor de estar así de indefensa era no saber el lugar o el momento en que le lloverían alguno de los impactos. La pequeña encajó varios guantazos de los hijos de Dye-Mkate, que se turnaban para propinarle golpes cada vez más fuertes.

Desde la posición de vulnerabilidad en la que se encontraba pudo escuchar las risas bobaliconas de dos de los hermanos cuando Fer-Pya cogió de uno de los árboles del prado una gruesa rama caída.

Intentó liberarse, lo que le ocasionó varios reveses por parte de quien la sujetaba. La niña se resignó y cerró los ojos, a la espera del golpe que no tardaría en llegar. Por mucho que lo esperara, la fuerza y la intensidad del dolor que recorrieron su cuerpo hizo que se encogiera sobre sí misma, aún estado sujetada, y que escupiera una flema de sangre.

Fer-Khali recordaba como su mente estaba a punto de quebrarse tras recibir varios impactos más con la rama. La negrura comenzaba a extenderse por su campo de visión, pero, entonces, la vio.

De entre los árboles había aparecido Sew-Lynai, la solitaria y triste hija del jefe de la Tribu. La chica, que tenía su edad, siempre estaba alejada de los otros niños. Sus ojos, carentes del brillo propio de su edad, siempre estaban enfocados en el cielo, como si anhelara algo. Fer-Khali no conocía entonces nada de lo que había pasado la chica, pero, ilusa de ella, había intentado acercarse a ella y animarla. Al fin y al cabo, era la única que no le insultaba, amenazaba o pegaba. Tras tres intentos con idéntico resultado -una absoluta e hiriente indiferencia por su parte-, se cansó de ser rechazada. Por ese motivo, no entendía por qué se había detenido a mirar cómo la machacaban.

Pese a que no tenía ninguna esperanza de recibir ayuda por su parte, la chica alzó la vista. Se sorprendió al rememorar el desafío que irradiaban sus ojos marrones al posarse en los verdes ojos felinos de la otra chica. No recordaba algo así. Debía ser la primera vez que miraba a otro miembro de la aldea con esa intensidad, al menos de forma directa. Aún más confundida estaba Sew-Lynai. De eso estaba segura. No era para menos, ya que, incluso, cuando Dye-Hokte le soltó el pelo para intercambiarse con quien la sujetaba y golpearla, incluso tras caer al suelo y sentir las lágrimas brotando de sus ojos morados por las lágrimas, incluso así, no desvió la mirada del rostro de la hija del Jefe.

Lo que vino a continuación provocó una genuina sonrisa en el rostro de Fer-Khali, ya que se acordaba de la forma en que Sew-Lynai se abalanzó contra los tres brutos, propinando tres golpes secos con sus correspondientes quejidos. Aún era capaz de visualizar con nitidez y con verdadera calidez el instante en que, en vez del dolor que esperaba, recibió una pequeña pero fuerte mano; una mano amiga. Con la sonrisa aún más ancha, rememoró el segundo en que, dubitativa, aferró la mano que la había ayudado.

Su corazón sufrió un pequeño momento de estupidez al recordar con verdadero amor las palabras que pronunció la otra joven al instante de ayudarla a ponerse en pie.

—Ahora se encuentra bajo mi protección.

Una simple frase, que, aunque debía haber sonado a una broma para aquellos gigantescos chicos, les hizo salir huyendo a toda prisa hacia las casas. Aún con todos los años que habían pasado, Fer-Khali sintió de nuevo el escalofrío de entonces.

—¿Por qué no has intentado defenderte? —Sew-Lynai había comenzado a alejarse, dirección al lago, pero se detuvo para preguntarle aquello, sin mirarla.

—No hubiera servido de nada. Son más fuertes y más grandes…

—También lo son para mí.

—No es lo mismo. —La pequeña cayó al suelo, incapaz de sostenerse por más tiempo—. Tú sabes defenderte.

—Si quieres puedo enseñarte.

La rabia la invadió cuando aquellas cuatro palabras, que cambiaron su vida para siempre, acudieron a sus recuerdos. Rabia porque sabía que aquella chica la había salvado. Rabia porque Sew-Lynai…

Sew se había convertido en algo más que una amiga. Era su hermana, su familia. Sintió como la rabia se evaporó para dar lugar a la tristeza mientras agarraba el palo de la lanza que estaba en el suelo, a sus pies.

Con el arma en la mano, se encaminó al otro lado del tronco que estaba encarando desde la roca en la que había estado sentada. Allí, atada por sus hombres, estaba Sew-Lynai… su Sew.

Habían pasado once años. Muchas cosas habían ocurrido y Sew no había estado presente. Ahora era el momento de tomar una decisión.

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