Zona de confort por Ana Centellas

ZONA DE CONFORT

«No quiero ir al trabajo». Esa era la frase que Susana repetía cada mañana, todas, sin excepción. Álvaro le daba un abrazo con las pocas fuerzas que le proporcionaba un descanso de menos de cinco horas. «Tranquila, cariño», le repetía cada día.

Susana había sido una joven inquieta, con grandes sueños. Soñaba con hacer grandes cosas, con cambiar el mundo, con ser alguien en la vida, como si no fuera ya suficiente con ser ella misma. Un brillante expediente académico a sus espaldas le daba la energía necesaria para elevar a lo más alto sus sueños de grandeza, aquellos que nunca llegaron a concretarse en nada.

Cuando conoció a Álvaro, este también tenía enormes sueños por cumplir. Tal para cual, aunaron sus sueños en uno solo, superlativo, sin detenerse a considerar si aquel era o no un imposible.

Tanto Susana como Álvaro comenzaron bajando sus expectativas a un nivel que les permitiese comenzar sus vidas, unos inicios humildes podrían ser la base perfecta para un sueño a gran escala como el suyo. Pero pasaron los años y la rutina se apoderó de ellos. Se estancaron en una zona de confort que a ambos parecía adecuada, suficiente para vivir con comodidad pero sin grandes expectativas. Álvaro la adoptó como propia sin mayores problemas, pero Susana, cuando se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, recordó a aquella joven luchadora y reivindicativa que llegó a ser algún día y sintió añoranza.

Añoranza y decepción, una frustración tan grande que la llevó a odiar las cosas cotidianas por su simple ordinariez. «¿Qué le ocurrió a aquella muchacha? ¿Qué fue de ella?», solía preguntarse con demasiada frecuencia. Se encontró de un día para otro con una mujer apática, mediocre, a punto de llegar al ecuador de su vida sin haber conseguido nada que la hiciese digna de reconocimiento. Unos hijos que jamás llegaron completaban el círculo vicioso en el que se hallaba sumida.

Álvaro, mientras, continuaba con una vida tranquila y sin sobresaltos, una vida que él mismo había llegado a considerar como feliz. Por ello, cuando Susana le comunicó que necesitaba replantear su vida y dar un giro radical a su existencia, le pilló por completo desprevenido. Si alguien le hubiese preguntado tan solo unas horas antes si su vida era satisfactoria, hubiese respondido con una rotunda y contundente afirmación.

Presa del miedo, invadido por un pánico a salir de su particular burbuja que le mantenía a salvo dentro de su zona de confort, estuvo dispuesto a sacrificar su relación con Susana. Todas aquellas ideas que su mujer había recuperado acerca de hacer algo por el mundo le parecían tan peligrosas como absurdas. ¿Cómo iban a conseguir ellos, una pareja tan ordinaria y de a pie, conseguir tales hazañas?

Susana partió con lágrimas en los ojos y un nudo en el estómago muy difícil de resolver. En su fuero interno siempre había tenido el convencimiento de que Álvaro aún mantenía las mismas inquietudes de juventud que ella. Él quedó en el piso vacío, fingiendo una fortaleza que en realidad no poseía y alimentando su carácter taciturno y su tendencia a la procrastinación.

Años más tarde la vería por televisión, mientras cenaba solo en aquella casa que sentía cada día más grande. Se la veía espléndida vestida con los alegres colores de aquella tribu africana en la que llevaba ya mucho tiempo colaborando para que los pequeños pudiesen tener una escuela en el poblado y acceso al hasta entonces prohibido privilegio de la educación. Junto a ella, con una amplia sonrisa que apenas podía competir con la de los demás muchachos africanos, un joven con una imagen idéntica a él cuando era pequeño la abrazaba con entusiasmo.

Las lágrimas de Álvaro golpearon el suelo de fría baldosa de su solitario salón. En aquellos momentos, envuelto en su soledad y en su cómoda rutina, el único sentimiento que afloraba a través de sus ojos era el orgullo.

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